Aprecié y amé su matrimonio
Si estudiamos un poco las causas de los problemas conyugales que sacuden a tantas familias, veremos que el desconocimiento del valor de la persona humana, la falta de un diálogo profundo, el no saber perdonar, el no tener tiempo para convivir y el ambiente de inmoralidad reinante resquebrajan trágicamente la vida matrimonial.
Cuando se deja de apreciar, valorar y querer a la persona que Dios le dio; cuando se hace ciego ante las inmensas riquezas espirituales y humanas que tiene el cónyuge; cuando se desconoce o se olvida el porqué se enamoró uno del que después sería “carne de su carne”, poco a poco se entra en un terreno de tierra movediza y se hunde la estabilidad matrimonial.
Mucha gente experimentando esta situación dramática, que casi siempre ocurre por descuido y desidia, se encuentra el día menos pensado con un vacío muy grande: “desapareció el ser amado”, se rompió el vínculo afectivo. No se dieron cuenta de que al no dedicar tiempo al encuentro personal, al no cuidar el jardín cultivando las plantas de la ternura, la escucha, el respeto se produjo un enfriamiento y un triste alejamiento de ambos. Fueron fabricando un mundo de indiferencia creyendo que el amor conyugal se mantenía, porque hubo un tiempo en que sí se amaron intensamente.
El descuido en este campo produce un ambiente peligroso. Ya no hay resonancia en las palabras, en los suspiros, en los anhelos. Se convierten en dos extraños viviendo juntos.
¡Todo esto nos anuncia un drama! El divorcio, la soledad, los hijos sin papá o mamá o la vida en casa, pero llena de tensiones, peleas, gritos: un verdadero infierno. Para que esto no ocurra en su caso, le decimos: aprecie y ame su matrimonio. ¡Vamos, a dialogar más, a estar más tiempo juntos, a escucharse más! Aplique el gran remedio de la ternura y la comprensión.
Empiece a olvidar los malos momentos del pasado, a perdonar y a querer más a su cónyuge, a valorar más las virtudes y cualidades, a participar de sus sufrimientos e ideales, de sus preocupaciones y triunfos, de sus alegrías y de sus tristezas, a reír juntos, a llorar juntos, a vivir en verdad siendo una sola carne.
Juntos arrodíllense, las manos juntas oren al Señor, implórenle que entre en sus vidas, que sea Él quien conduzca su matrimonio, quien los mantenga unidos hasta el final. Hasta que la muerte los separe. Y no se olviden, con Dios todo esto se puede, porque con Él ustedes son ¡invencibles!