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Aprendiendo a vivir en soledad

Por: Redacción 05/11/2013

Leyda Enseñat de García (opinion@epasa.com) / Docente de Filosofía e Historia

Aprendí en mi preparación académica y empírica que la soledad es inherente al ser humano, pero también que el hombre es un ser esencialmente social, pues necesitamos de los demás y se hace una necesidad interactuar: los docentes con sus alumnos, los doctores con sus pacientes y viceversa.

Vivimos en sociedad, pero analizando bien, algunas veces podemos sentirnos solos en cualquier momento de la vida. Porque la soledad la llevamos consigo donde vayamos, no podemos escapar de ella, solo que a veces la sentimos, otras no; depende de las circunstancias por la que pasemos.

¿Y cómo le llamamos a esta soledad? Soledad existencial, que es la sensación de aislamiento básico inmanente a la existencia humana, que permanece aún cuando estemos rodeados de miles de personas resultándonos o no gratificante. Lo importante en este sentido es reconocer que si no podemos escapar de la soledad, al menos darle una visual positiva.

Algunas personas dicen que estando aislados de los demás pueden orar, acercarse a Dios, en una “interiorización” -como nos decía san Agustín-, o escribir un ensayo, una poesía, novela o cualquier otro género literario, que no lo podrían hacer llenos de personas a su alrededor. De esta manera, le damos un sentido positivo al utilizarla para realizar algunas actividades que sería imposible hacerlas rodeados de gente.

La soledad tiene entonces dos caras: la útil, que nos permite hacer actividades beneficiosas para todos; y otra, la trágica, cuando nos ha pasado algo que no nos permite usarla de manera adecuada.

Cierto es que en cualquiera de los dos casos, ahí está la soledad, no podemos huir de ella. Tenemos una particular manera de experimentar la vida, tan particular que es única. Nuestra experiencia del mundo nunca podrá ser experimentada por el otro, a lo mucho comprendida. Pues el otro no soy yo y yo no soy el otro.

Elegimos pues, cómo vivir esta soledad que nos acompañará hasta el último momento de nuestras vidas, pues es hasta ese momento que nuestras posibilidades terminan. El elegir es inevitable, personal e intransferible. No podemos dejar de elegir (incluso cuando optamos por no elegir, elegimos dejarnos llevar por las circunstancias, la pasión o la legalidad). Nuestra decisión se hace en soledad.

Ahora bien, el antídoto contra la soledad trágica es la comunicación y la capacidad de relación. Ahí aparece nuestra capacidad de comunicarnos, aun en soledad, pero primero tendríamos que hacer contacto con nosotros mismos y después con los demás.

Las personas con quienes nos relacionamos no siempre nos ayudan a sobrellevar nuestra soledad de la mejor manera, por lo contrario, nos agravan más esta situación.

Podemos dar como ejemplo cuando se llega a la tercera edad, la soledad aparece como una experiencia estresante, asociada con un impacto emocional, sentimientos de tristeza, marginación social, creencias de ser rechazados, etc. Esto no sucedería así si la familia tomara conciencia de este cambio de vida, entonces se haría más soportable la soledad.

Pero no solo en la vejez se siente la soledad de forma negativa, sino también sucede con los jóvenes si han pasado por situaciones difíciles. Estos tratan de escapar de otra manera: refugiándose en las drogas, en la promiscuidad, etc.

Para que nuestro vacío existencial no se sienta tan intenso tendríamos que tener fuerza de voluntad, entereza de carácter que debimos haber desarrollado durante el proceso de la vida. Poseemos un alma que puede replegarse en sí misma; puede hacerse compañía, tiene con qué atacar, y con qué defender, con qué recibir y con qué dar. No temamos en esta soledad pudrirnos en el tedio del ocio. “En estas soledades, sé una multitud para ti mismo”. Es un darle valor a nuestra existencia aunque hayamos sufrido por el retiro del trabajo, perdido algunas capacidades físicas, la partida de los hijos, y de no tener el afecto necesario deseado.

Por eso cito las palabras sabias de la madre Teresa de Calcuta que es el mejor ejemplo:

“Me puedo caer, me puedo herir, puedo quebrarme, pero con eso no desaparecerá mi fuerza de voluntad”.

La filosofía podría también ayudarnos en potenciar esos valores interiores. Desarrolla la capacidad de gobernarse a sí mismo, pacificar el espíritu y actuar conforme a lo que nuestra razón y conciencia pueden captar de la armonía del mundo. De modo que siendo sociales y almas solitarias podremos brindar lo bueno que tenemos para convertirnos en seres humanos productivos para los demás y para consigo mismo. Viviendo lo mejor posible en soledad, aceptándola como tal.

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Miércoles 12 de agosto de 2026