Arrancando las costras
El aeropuerto de Tocumen se convirtió el martes pasado en un laboratorio humano donde muchos solemos pasar lo más brevemente posible, pero pocos observamos, mucho menos aprovechamos la interacción entre actores foráneos y locales para exprimirle el jugo a la experiencia. Por tema de disponibilidad de cupos, mi esposa Mayín y yo llegamos a Tocumen expeditamente a las siete de la mañana para abordar dos vuelos separados de Copa a Miami y Fort Lauderdale. Lo primero que notamos en el fresco amanecer fue la rarísima fluidez del tráfico en un martes de Carnaval, con uno que otro conductor en estado etílico y la nutrida presencia de agentes de tránsito, cuya ausencia permanente es un pecado mortal contra sufridos ciudadanos, resultado de caóticos tranques. Tocumen, a pesar de los ingentes esfuerzos por su administración, respira tercermundismo por doquier, que no puede ser cómodamente barrido detrás de los letreros "Disculpe: Estamos trabajando para usted" porque por más cuentos chinos, se trabaja para el bolsillo del amo y no a favor del usuario. Un ejemplo en caso es el tamaño de los espacios de estacionamientos. En Estados Unidos, donde sí reina el consumidor y se concentran en estos detalles, por ley el espacio entre línea y línea de parqueo es de diez pies. Así no rayamos el automóvil aledaño. Aquí nos concentramos en maximizar la ganancia de sinvergüenzas a expensas de todos: ¡al diablo el usuario! Para evitar el juegavivo que corroe los cimientos del Istmo, la terminal está militarizada. Agentes de tránsito armados, capados de sonrisas tal vez porque tienen que laborar mientras otros carnavalean, aseguran preocupadas miradas de taxistas que se portan tan bien como niños de kinder en las filas de su primer día de clases, conduciendo cual rebaño de ovejas, inclusive estrenando la utilización de telarañadas señales direccionales.
Observando los rostros y vestimentas de los pasajeros y analizando el contenido de los baúles a su apertura a ver si contienen cajetas o maletitas chinas de imitación, los maleteros acechan al extranjero para exigirle sus últimos balboas antes de la salida. Ya dentro del cascarón se pregunta uno por qué pareciera que siempre, a pesar de las ganancias récord de la terminal, las escaleras eléctricas no funcionan.
Sin pepitas en la lengua, interrogo en inglés al pasajero a mi lado, así repentinamente: "Did you have a good time?". Me mira de reojo al invadir su intimidad, compartimos canas y leves sonrisas y responde: "So, so", un más o menos que invita a arrancar la costra fresca para descubrir la sangre fresca en la herida. Si el sesentón de Ohio, casado con la chitreana que ahora vive en Fort Myers, allá al norte de la península de Florida donde se habla inglés y se juega golf a diario en el retiro, la ha pasado bien con su pan de La Arena, su concolón y la carne de Riba Smith, que es más cara pero más confiable, entonces ¿por qué más o menos? Sus ojos azules penetran mi mirada, sin saber si soy de aquí o de allá y fluye con confianza la sangre de la herida: "Es la basura la que le clava el puñal muy dentro del corazón a este paraíso". "Desde que salimos de Chitré esta madrugada, todo el trayecto asemejaba un enorme basurero". De casualidad se sentó en la fila frente a la mía en la aeronave de Copa. Al aterrizar en Fort Lauderdale, ya éramos casi amigos de infancia. Al despedirme le dije: "Buen vuelo, ¿no?" Entonces me sacó el as de la manga, mientras esperábamos salir de la aeronave, diciéndome: "Las aerolíneas americanas han ido de mal en peor, nos tratan como ganado". "Por favor, dígale a alguien en Copa que no les quiten el postre a las comidas". Tenemos mucho trabajo por delante en turismo. Mientras algunos se concentran en impresionar al jefe, dejamos de observar los detalles primordiales que quedan arraigados debajo de las costras de nuestros visitantes.