Arrepentido en el presidio
Monseñor, aquí en la cárcel lo leo cuando puedo y también escucho sus programas de radio. Me han ayudado mucho. Llevo 14 años preso y aquí he aprendido mucho. Primero, cuando llegué, maldecía todo lo que me encontraba. Fumaba marihuana para olvidar cosas y algunas veces usaba cocaína. Como no tenía casi dinero, no podía hacerlo con la frecuencia que me hubiera gustado. Acostumbrarme a dormir trepado en la cuarta cama de arriba de un camarote y a usar con más de cien personas en mi bartolina unos pocos servicios y baños no fue fácil. La humedad y el calor, el hacinamiento, los ronquidos de noche y las pulgas pegadas al cuerpo, eso era para mí una gran tortura. Pero me merecía todo eso. En mi vida pasada había sido un ruin sicario. Primero empecé robando cuando adolescente, después pertenecí a una banda que asaltaba casas, robaba carros y ya por último, empecé a matar personas. Primero fue para defenderme de otra banda criminal que intentaba meterse en nuestro territorio. Nos tirotearon en una emboscada y murieron dos compañeros nuestros. Yo saqué mi AK 47 y disparé hasta acabar el cargador completo. Creo haber matado a dos por lo menos. De ahí en adelante empecé a prestarme para matar personas, normalmente delincuentes, asesinos. Personas que habían sido víctimas de ellos me buscaban para vengarse. Empecé a ganar dinero fácil. Una vez casi me matan dos tipos que venían acompañando a la persona que maté. Estuve herido y me costó recuperarme unos cuatro meses. En ese tiempo visité un par de veces un templo. Quería dejar eso, pero no era posible. Me justificaba diciéndome que estaba matando gente indeseable. Y así fue pasando el tiempo hasta que me capturaron después de haber disparado a un tipo que no murió y me acusó y por varios testigos de otros crímenes. Pero ya he conocido a Dios en la cárcel. Usted y otros predicadores me han hecho descubrir mi pecado. Estoy muy arrepentido. Pero no sé realmente si Dios me perdonará todo eso.
Mire hermano, Dios es el eternamente misericordioso. No hay pecado que sea más grande que su amor. Usted está arrepentido y ha buscado a Cristo, pues ya el Señor está haciendo su obra en usted. Su pecado es terrible. Ha matado seres humanos. Ha acabado la vida de personas que dejan huérfanos, viudas, madres que lloran. Ha arrebatado la vida de personas que aunque hubieran cometido delitos tendrían que haber pagado sus fechorías en una cárcel, pero no morir asesinados. Usted jugó el papel de Dios, y buscó matar por dinero personas. La vida es sagrada. Nadie, solo Dios puede quitarle la vida física a alguien cuando Él lo determine.
Usted está en el lugar adecuado para cambiar. Está pagando la pena civilmente por sus actos. La justicia funcionó y usted mereció esa condena. Aproveche bien el tiempo en la cárcel. Asista a todas las predicaciones y eucaristías que da la pastoral penitenciaria. Haga oración, lea mucho. Sí, lea, prepárese con algún oficio que le enseñen. Algún día saldrá y tendrá que valerse por sí mismo trabajando honradamente y nunca más matando a nadie.
Le pido insistentemente que no tome ninguna droga más en su vida. No maltrate su cuerpo con ninguna sustancia dañina, porque el vicio conduce a la destrucción de la persona. Procure hacer ejercicio físico, cultive buenas amistades en el presidio. Sí, escoja bien quiénes son sus amigos. Trate de llevarse bien con todos. Evite cualquier pelea, discusión sin sentido. No acepte ningún trato que lo lleve a hacer cosas ilícitas en el presidio.
Y ahora le digo: aprenda ya a respetar la vida. Nunca más le quite la vida a una persona. Usted sabe bien que eso lo pudo llevar al infierno. La vida de una persona es sagrada. El dueño de la vida y de todo es Dios. Cada vez que pueda ore por los familiares de las personas que usted asesinó. Y también pida por la paz eterna de sus víctimas. Confíe en la misericordia de un Dios que todo lo perdona si uno se arrepiente. Hable, predique del amor del Señor. Ayude a otros a crear conciencia del respeto a la vida. En el presidio haga todo el bien que pueda. Algún día usted saldrá de la cárcel, por lo que prepárese bien a nivel espiritual, con algún oficio. Ore por su familia. Atiéndalos bien cuando lleguen a visitarlo. A sus hijos hábleles siempre del Señor y dele los mejores consejos que pueda, para evitar que ellos sigan sus pasos. Y recuerde siempre que Dios está con usted y con Él será invencible a la maldad.
Monseñor