¡Arriba España!
Los triunfos del Real Madrid y el Atletic de Madrid permitirán, por primera vez, que dos equipos españoles disputen la Copa de la Champions League, ratificando que el fútbol español se halla en un pedestal internacional sin precedentes, tal vez el más alto del mundo deportivo. Las victorias sobre el Bayern Múnich de Alemania y el Chelsea de Inglaterra de los dos equipos españoles fueron admirados por millones de telespectadores, que aplaudieron y abuchearon a los equipos como si se tratara de formaciones locales.
En Panamá, como es conocido, hay miles de aficionados de todas las edades, del Real Madrid, el Barcelona, el Atletic de Madrid y de otros equipos, que presencian cada encuentro de la Liga española y la Liga europea con entusiasmo y pasión indescriptibles. El fenómeno se repite en las ciudades hispanoamericanas, un tanto porque en los equipos españoles hay jugadores y entrenadores iberoamericanos, otro tanto porque hoy el fútbol es una de las expresiones más elocuentes de la globalización de la sociedad del espectáculo.
En medio de conflictos y tensiones bélicas, violaciones a la libertad de información y aún de abominables manifestaciones de racismo, el fútbol, el básquet y el deporte, en términos generales, sostienen espacios de conciliación y encuentro de magnitud mundial en los que se respeta el pluralismo y rige la tolerancia de credos políticos, religiosos, raciales.
El lanzamiento de un banano a un jugador africano y el comentario racista del propietario de un equipo de básquet norteamericano han sido rechazados en forma contundente dentro y fuera de los coliseos deportivos. El dueño del equipo de básquet ha sido descalificado por siempre por jugadores y dirigentes deportivos.
Desde otras vertientes, es posible apreciar la trasnacionalización del fútbol profesional. En el Real Madrid hay jugadores portugueses, franceses, brasileños, croatas; el entrenador es de nacionalidad italiana. En el Bayern Múnich el entrenador es español; hay jugadores franceses, chilenos, peruanos, alemanes.
En Inglaterra, Italia, Francia, acontece el mismo fenómeno de integración étnica y cultural, debido a que las estrellas del fútbol no son contratadas por su origen étnico, sino por su habilidad técnica. Ya no es posible la existencia de demagogos como Adolfo Hitler, quien abandonó el estadio de las Olimpiadas al ver que el velocista afroamericano Jesse Owens dio al traste el mito de la superioridad étnica germánica.
El fútbol panameño espera la oportunidad de ganar en otra ocasión el espacio internacional que pudo darle el Mundial del Brasil. Tenemos destacados jugadores que brillan en equipos de Estados Unidos, México, Perú, Colombia. El beisbolista Mariano Rivera y otros compatriotas le dan lustre al nombre de Panamá. Su ejemplo constituye un paradigma de valores al alcance de jóvenes panameños que se distinguen por su tenacidad, honradez y disciplina.
El próximo gobierno debe asumir el compromiso de cumplir la máxima latina de mente sana en cuerpo sano, ampliando la red de estadios deportivos a nivel nacional para que nuestra juventud marque distancia con las perversas tentaciones del sicariato y el crimen organizado.
La educación, a través del deporte, constituye una de las herramientas más positivas de las sociedades civilizadas para combatir el delito, sin recurrir a medidas draconianas, como recluir a los jóvenes en presidios donde los vicios se acrecientan.