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Atrevámonos a ser panameños

Por: Redacción 06/03/2016

En el principio, la tierra y la gente del Istmo estaba dejada a su suerte. Las culturas locales y las que vendrían posteriormente (indígenas) guerreaban entre ellas (guerras de cacicazgos). Después llegaron los españoles, que aunque mataron gente no tuvieron asco (como sí tuvieron los ingleses) de mezclarse con los indígenas. Luego vinieron los africanos esclavizados por los portugueses y vendidos por los genoveses. Se establece el mestizaje indoblanquinegro en todas sus manifestaciones, quedando población relativamente pura también.

Varias coronas trataron de tomar a Panamá para sus propios fines durante el período colonial.

Cuando las colonias se empiezan a levantar contra España, también hubo intentos directos (1819) o indirectos (Carta de Jamaica) de tomarse el Istmo, o dejarlo neutro en un territorio bajo mandato mixto. La figura de Bolívar en la América del Sur; los hechos de la Confederación Centroamericana, son elementos que llevan a los panameños a entrar al club de los proindependencia de España, aprovechando que esa monarquía estaba siendo debilitada y sometida por los franceses.

Así nos quitamos a los españoles, nos vino una pesada e imperfecta Colombia.

Esta unión desigual siempre contravino las esperanzas panameñas. Colombia nos enseñaba sin éxito que nuestra voluntad y deseos no valían nada al lado de la voluntad colombiana vista como un todo. Intentaron convencernos sin éxito de que nuestra ruina y sufrimiento eran necesarios, igual que la ruina y sufrimiento de todos los demás Departamentos, para hacer feliz a Bogotá. Nos aseveraban que esos raros deseos panameños de no desear participar en las violencias nacionales eran pseudo traidores.

Mientras los panameños reunían su propio dinero para hacer sus escasas carreteras, vías de acceso, alguna escuela, algún remedo de hospital, etcétera, los impuestos panameños iban derecho a las arcas de un agujero negro llamado Fisco Colombiano, el cual era prodigiosamente eficaz en desaparecer esos dineros y los de todos los departamentos, para comprar armas con qué defender en el poder al partido político que hubiera ganado legal o fraudulentamente las elecciones presidenciales.

Y estuvo aquel tratado que puso a Panamá en bandeja de plata ante Estados Unidos. También rechazaron un ventajoso tratado para construir un canal que sacara al país de la miseria.

Después nos quitamos a los colombianos el 3 de noviembre de 1903. ¡Bien! Pero el 18 de ese mes firmamos un tratado con Estados Unidos, que hasta 1977 nos dio dolores de cabeza, si bien los demás países juraban que estábamos de luna de miel. Sucesos ocurrieron, fueron y vinieron. Algo de sangre corrió. La gota que derramó nuestro vaso de paciencia ocurrió del 9 al 12 de enero de 1964. Allí se dio el grito de recuperación de una parte de nuestra soberanía, que se perfeccionó en 1977 y vino a culminar el 31 de diciembre de 1999.

Durante nuestra relación con Estados Unidos aprendimos que el jamón de Virginia, el pavo relleno, las nueces, manzanas, uvas, peras y fruit cakes eran mejores y preferibles a nuestro pollo, tamales, quequis, pescado horneado, papaya y guayaba. Que el argénteo zinc era mejor que la mohosa teja. Que la piel blanca anglosajona era mejor que la blanca o mestiza hispana. Aprendimos que si un anglosajón violaba a una cholita, ella lo había provocado por pizpireta y mejoraba la raza, y que si un mulato o cholo le daba un beso a una rubia en inglés, debía ir no menos de 20 años a la cárcel en Gamboa. Aprendimos que solo ellos podían tener jardines sin arrieras, vestir de blanco, hacer picnics en el patio, poner velas de olor y tener mujeres negras o cholitas ignorantes esclavizadas de sirvientas. O sea, eran nuestro modelo. También aprendimos que teníamos que doblar la rodilla y bajar la cabeza cuando a ellos se les metía que teníamos que hacer tal o cual cosa (aunque algunas veces no cedimos, y fue con éxito).

A partir de enero del 2000, ya no tenemos a España ni a Colombia ni a Estados Unidos. Sin haber perdido ni ganado un ápice de soberanía, estamos frente a nosotros mismos en el espejo.

Lo que vemos no es agradable porque estamos algo sucios, golpeados, moreteados, sangrados, y no muy convencidos que podemos caminar solos sin caernos. Ya no podemos decir ¡Gringo go home! Y sería infantil anunciar ¡un solo territorio y una sola bandera! ¿Verdad?

Podemos empezar a escribir en serio nuestra historia. Nos daremos cuenta que es rica, magnífica, inimitable y envidiable. Que podemos llegar a la cúspide y ser incluso modelo para nuestros países hermanos. Somos diferentes a los demás en casi todo por algo. ¿Por qué no entendemos lo que valemos y ocupar el lugar que por derecho propio nos corresponde? ¡Afinemos la cultura! Las modas son pasajeras y no una orden.

Panameño

 

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