Ausencia de hábitos indeseables
Con el alarmante crecimiento de la población, han viajado de manera conexa y funcional una cuantiosa serie de fenómenos extraordinarios, entre los cuales se pueden mencionar los ingentes y tormentosos aprestos habitacionales, como los extravagantes hábitos indeseables de órdenes conductivos.
En los momentos de completa abstracción mental suelo adicionar a todos ellos la maravillosa lógica aplicada que nos falta para llegar al sitio donde viven abrigadas las positivas cavilaciones impresionantes. Es el cerebro en confusión, presa del amotinamiento de ideas, víctima obligada, muy semejante al ardiente fulgor aupado por el sol a la hora de la canícula. Es de urgencia notoria aprestarse al tierno ofrecimiento para la concordancia de la diáfana comodidad, tanto de los ciudadanos autóctonos como a los visitantes extranjeros ávidos de un ambiente cálido y contagioso, consultor del especial esparcimiento.
Las mejores y mayores propiedades esperanzadoras les obsequian al entorno todo un arsenal complementario para que el placer se apodere de aquello que nos rodea, esto abre las posibilidades de la satisfacción y el agradecimiento virtual. Vivimos una compaginación entre belleza y autoridad cuando hablamos de pueblos y ciudades, alcanzando el triunfo mediante la aplicación de medidas severas concernientes a hacer cumplir los preceptos estatuidos en los códigos que rigen la suerte de la república. Uno de los atributos capitales del ser pensante es la reflexión, pero cuán pesaroso es cuando esta se ha fugado, aflorando toda una gama de actitudes inmundas muy difíciles de comprender, entendiéndose que todos tenemos una cuota de sacrificios por cumplir en beneficio de la patria. Pero, ay, la menospreciable y reptante cultura nos impide preceder con decoro y dignidad. Mi clave perceptible me dice que nos queda aún mucho trecho por recorrer.
La conducción honorable es compleja de lograr; la vulgaridad y lo atorrante no cuestan nada, ellas se brindan sin entrever postor. La terquedad y las posturas horrorosas nos tienen aprisionados. En el fondo de estas miasmas calamidades conviven innumerables y peligrosas alimañas deformes que nunca podremos erradicar. Tal vez reciba diferente lo que me rodea, pero lo percibido es la existencia de una autoridad disciplinaria que no hace cumplir la ley con fidelidad, en alejamiento del riguroso peso específico operante como suplicio.
Adolecemos de dejadez, apreciamos el indolente desgano dejando ir al abismo a los mejores hábitos que serían la salvación del país, y por consiguiente de nuestra querida ciudad. El que conviene con la presencia de muladares debe ser multado, es necesario que nadie se haga el indiferente frente al cumplimiento del deber. No podemos aceptar asumiendo el comportamiento de la vista gorda, aplaudiendo tamaña sinrazón descabellada. Les comulgo que jamás he tirado un papel en la calle, confirmo que este es un privilegio de integridad intelectual que se debe mantener como juez ejecutor de la conciencia.
Aquí, viejos, jóvenes y niños arrojan desperdicios por doquier sin importar las arrasadoras consecuencias que esta maldad entraña. Calles, avenidas, veredas y parques atosigados, predominando la ley del descuido. Y obedezco en consagrar poniendo en mi corazón esa existencia contemplativa, impulso escapado de las interioridades de los órganos venidos a deificar la realidad.
El destierro de los buenos hábitos del panorama social, muy característico del fachendo, le está destruyendo el terreno al hombre sabio que cuida en alto relieve el desempeño de sus modales. El extraño enigma nos acapara, pues vemos con constancia a todo el mundo sin escrúpulos arrojando basura a las calles, avivando así la existencia de enfermedades infectocontagiosas de efectos mortales.
En el pasado había letreros en los parques que rezaban de la siguiente manera: “prohibido botar basura aquí, so pena de multa”, nada de esto existe hoy, todo anda cojitranco en espera de la muleta que nunca llega.
El engaño es acepto, existen miles de arbitrios para caer en su regazo. Es inverosímil pensar que vamos a vivir de la nada y que el maná viajará como regalo divino, aplicando la velocidad del rayo hacia nosotros, donde algo provoca el atasco dueño de la ignominia escandalosa. Enderecemos el rumbo, todavía hay tiempo, mañana la barca se habrá perdido de proa a popa, muy pronta a la hecatombe final sin fondo y sin orillas.