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Barbarie humana

Por: Redacción 05/11/2014

El desequilibrio entre la tecnología y la moral se hace cada día más evidente. Hoy hay al alcance de cualquier loco con poder armas capaces de mandar a la gente a la extinción igual que los dinosaurios. La barbarie humana se repite siglo tras siglo. La sed de sangre de los romanos que acudían a los anfiteatros a ver morir a gladiadores, ladrones, cristianos y otros seres de desecho, las cacerías de brujas y los autos de fe de la Inquisición en siglos no tan lejanos no tienen nada que envidiarle al fundamentalismo islámico y al apoyo popular de los sobrinos del Tío Sam (inventores del verbo linchar) a la política preventiva de matar mosquitos a cañonazos y tener la exclusiva de las armas de destrucción masiva.

ES MÁS CÓMODO CONSIDERAR ENEMIGOS A LOS QUE NO SE COMPORTAN COMO QUISIÉRAMOS QUE INVESTIGAR Y CORREGIR LAS CIRCUNSTANCIAS QUE LOS LLEVAN A INFRINGIR LAS LEYES. ESTA PROFILAXIS ES TAN ABSURDA COMO QUERER ELIMINAR LA CALVICIE MATANDO A LOS CALVOS.

La precristiana ley del Talión hoy se queda chica. Gringos e israelíes no se conforman con ojo por ojo y diente por diente, ahora quieren cráneo por ojo y mandíbulas por diente.

Hice una especie de encuesta particular para saber la opinión de amigos, vecinos, taxistas, etc., sobre la política vengativa contra los delincuentes que promueven algunas de nuestras autoridades y, saben qué, casi todos estaban de acuerdo con la cadena perpetua y hasta con la pena de muerte. He leído en los periódicos que el 80% de los panameños quiere la famosa “mano dura”. ¿Por qué la gente apoya estas medidas? Porque es más cómodo considerar enemigos a los que no se comportan como quisiéramos que investigar y corregir las circunstancias que los llevan a infringir las leyes. Esta profilaxis es tan absurda como querer eliminar la calvicie matando a los calvos. El desconocimiento trae de la mano el miedo y el miedo es el padre de la crueldad. Mientras no superemos este miedo estudiando las causas que lo producen, seguiremos siendo fieras para nuestros semejantes y, por más computadoras que inventemos y por más cápsulas espaciales que mandemos a otros planetas, no podremos decir que estamos civilizados.

Cada vez que oigo a mi prójimo apoyando la privación de libertad de por vida o la pena de muerte, viene a mi mente la imagen de aquel judío que hace dos mil años fue acusado de proclamarse rey de sus paisanos y a estos gritándole al extranjero que lo juzgaba: “¡Crucifícalo!, ¡crucifícalo!”.

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Jueves 6 de agosto de 2026