Bocelli, la voz en la sombra
De pequeño, a los 6 años, comenzó a estudiar piano, flauta y saxofón.
Sin embargo, años después la vida lo llevó por otro camino y, al terminar la escuela, se inscribió en la Facultad de Derecho.
Mientras navegaba por los libros de derecho, Andrea Bocelli nunca dejó la música y así fue como se pagó la carrera: cantando en bares.
Tras finalizar sus estudios, su primer amor pudo más y comenzó a estudiar clases de canto con el gran tenor italiano Franco Corelli.
“No creo que uno decida volverse cantante. Lo decide la reacción de quienes están a tu alrededor. Tal vez no debería decirse ‘oye, te quiero cantar algo’...pero si la gente dice ‘por favor, cántanos’, entonces…”. Así, cuenta el tenor, la gente comenzó a pedir su voz y Bocelli no se negó.
Su punto de partida se dio en 1993: ese año ganó un premio en el Festival de San Remo y a partir de allí ya no paró más.
Ese camino lo llevó a presentarse en Panamá anteayer en el Figali Convention Center, en el marco de su gira “Incanto”. Ante una multitud, Bocelli deleitó al público durante dos horas.
Un espectáculo como pocas veces se vio en el istmo. Desde clásicos líricos hasta boleros, el músico italiano paseó parte de su repertorio acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional y un coro de 60 voces. Una mezcla perfecta de talento nacional e internacional.
Pero la música no fue todo, porque Bocelli no es solo música. Es, además, un modelo de perseverancia.
A los 12 años el músico sufrió un accidente jugando al fútbol lo que provocó, junto con un glaucoma congénito que lo acompañaba desde su nacimiento, que perdiera la vista.
Esa tragedia, la sombra constante, no amilanó su espíritu. Anteayer, Bocelli se imaginó las miles de personas que lo aplaudieron al final de su presentación. No los vio, no los miró. Sin embargo, no importó. Allí entregó su voz.
Y eso fue suficiente.
