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¡Bravo Colombia!


Colombia atrae los focos del escenario en la política mundial, a punta de hacerlo bien todos: pueblo, gobierno, oposición, partidos, en fin, la sociedad civil casi en su totalidad. No es el paraíso perfecto por el que han clamado todos los utopistas que en el mundo han sido, pero es la optimización realista de lo posible: la renuncia colectiva a las prisas revolucionarias y a los atajos legales, el buen tino y la mano firme para mantener el rumbo, un respeto por la legalidad, no exento de lunares, pero suficiente para ganarse la confianza de la gente y del sistema político internacional, vigoroso desempeño de la economía, que supo capear las tempestades de la crisis mundial y las que levantó su vecino oriental, mientras regresa a buen paso de la guerra civil más larga del Continente.

Frente a ese balance positivo del pasado reciente, resumido en la consigna de “seguridad democrática” dos discursos proclaman la decisión colectiva de marchar hacia un futuro mejor: el de Juan Manuel Santos al asumir el mando y el de Armando Benedetti, en nombre del poder anfitrión, el Parlamento colombiano. Discursos escuetos, despojados del palabrerío usual entre los oradores del área; programáticos, inspiradores, realistas, críticos. Proclamas que presentan la consigna del futuro: “prosperidad democrática”.

Viento de cola, para Colombia. Perspectiva fundamentada, no en los azares de la “gallera” internacional, sino en constancias de la voluntad y en la decisión de poner la gente, su inteligencia y su tesón al frente de las acciones.