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Brinca, pequeño saltamontes


Cada vez cuesta entender más en qué país vivimos.

Terminada la dictadura militar en 1989, se pensó que pasarían décadas antes de que siquiera se presentase la posibilidad de que alguno de sus partidarios aspirara a la banda presidencial. Y solo transcurrieron cuatro años….

Luego, avanzado el nuevo milenio, se pudiera creer que no solo importaban los billetes y que la gente pudiera preferir la solidaridad a la masacre, la justicia al atropello y el compromiso de la palabra irrevocable a la sumisión del poder.

Hasta hace poco, se ventilaba que por fin habría cabida para subirse al barco de la civilización y así, decirle adiós a toda esa estela negra de la impunidad y saludar de una vez por todas a la cultura del respeto, en la que todos valemos lo mismo y donde no hay chequera que acalle a las ideas.

Que en un país ¡un tercio! de los diputados, alcaldes y representantes de corregimiento se hayan pasado de vereda partidista, como quien se cambia de ropa interior, por el que fueron elegidos en el torneo electoral del 2009, a lo menos, resulta insólito.

Está claro que aquí la ideología o las bases partidistas quedan supeditadas al bolsillo.

El asunto va más allá de que supuestos “honorables” (algunos hasta se jactan de su nutrida formación profesional) y en teoría contrarios a una eventual facción política, se bajen los pantalones –o más bien las pantis– al mejor postor.

Los tránsfugas saltan como pequeños grillos. En ocasiones, a altas horas de la noche. A veces, en la oscuridad más silenciosa. Incluso los hay quienes necesitan reflectores.

Ya lo dijo un grande de la televisión, el monje shaolin Kung Fu, mientras la vida lo adoctrinaba en el más desolador desierto: “Saltamontes. Sé tú mismo. Y nunca temas quedarte desnudo ante los ojos del resto”.