Buenos extranjeros ¿y los malos?
Prosigo con el tema, tal y como lo prometí en la entrega de la semana pasada. La elegante dama ingresó al lujoso gimnasio, con mirada altiva y elevada nariz expresó desagrado diciendo: “En mi país nada de esto sucede, este paisito es un desastre vale”. La encargada del centro en el que muchos concurren a moldear sus exageradas curvas y otros a ver qué se les pega tuvo que soportarla, una vez más, pues según ella esta señorona ya tiene por oficio y costumbre el expresar toda clase de descalificativos en contra de los panameños y panameñas.
Otro caso: Se trataba de una linda representante de la tierra del ballenato. Ésta, al pasar por una de las cajas de un supermercado del seis seis al revés, fue detenida por el agente de seguridad pues se sospechaba que algo ocultaba en su enorme cartera. “Qué le pasa negro atrevido, zarrapastroso, Usted qué se ha creído, vea a mi me va a respetar” y siguió profiriendo cuanto epíteto obsceno y denigrante se le haya podido imaginar en contra del seguridad que por algo la abordaba en señal coercitiva.
Efectivamente, el seguridad no estaba equivocado y menos las cámaras. La niña llevaba jabones, champús, pasta de diente, manzanas y otras cositas. No entiendo por qué la dejaron ir como si nada hubiese pasado.
Me sobran los ejemplos. Y vuelvo, al igual que la semana pasada, a señalar que de xenófobo nada tengo. He aceptado que somos un crisol de culturas, de grupos étnicos. Muchos de ellos se han labrado un espacio y admiración singular en nuestro suelo, pero que nunca han tenido la osadía de soliviantar nuestras leyes, nuestras costumbres, nuestra dignidad nacional ni nuestro folklore. No han tenido pretensiones, jamás, de desaparecernos ni de hacernos dependientes de ellos en el aspecto político o geográfico –se hace la salvedad porque cuánta gente en este país lleva el pan a sus casas merced a los trabajos generados por las empresas de los miembros de la comunidad judía, árabe, española, ¿china?, etc.
Que vengan al país, que inviertan, pero ojo, hay que tener cuidado sumo con no pocos que llegan a Panamá porque creen que esta tierra es el segundo país en América en donde se puede alcanzar el llamado sueño americano o, simplemente, porque “me voy a vivir a Panamá porque algo pasa en mi país que no me gusta”, entonces, no critique, denle gracias a Dios que les hemos dado una buena acogida.
No queremos a quienes llegan a este país que tanto queremos sin que nada aporten y sin que en nada contribuyan con sus formas de ser o de comportarse. Admiro y respeto al extranjero que nos respeta y que conviviendo con nosotros mantiene prudencia y cordura sin inmiscuirse en nuestras formas de ser.
Por otra parte, no olvidemos que todo retorna, en nuevas formas, pero retorna. El expansionismo y el apoderamiento son dos características que el hombre no ha podido divorciar o separar de sus actuaciones, jamás. Cuidado que ya somos un país fraccionado y que el “ser panameño” empieza a ser reducido. Doy por expresadas estas preocupaciones.
