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Buscando rutas
A lo opuesto de la tradición, el operador de turismo de lujo tiene que escarbar sitios recónditos, alejado de las turbulentas masas, creando un destino excepcional que sacie la particular sed de grupos de visitantes con bolsillos profundos y excepcionales gustos. Durante la década de los ochenta solía frecuentar Sorá, entrando por la polvorienta carretera de piedra desde Bejuco, surcando 25 kilómetros hasta el arribo a las elevaciones de la cordillera central en un auto 4X4. El paisaje era excepcional, como lo era la fresca brisa de montaña que pocos conocían y muchos envidiaban.
En compañía de Jonathan Zelcer, propietario de Truly Panamá, empresa especializada en turismo de lujo; de Joshua Hall, biólogo, estupendo fotógrafo y guía de naturaleza de National Geographic en tierra y a bordo de cruceros, y de Edgar Huertas, afable guía de naturaleza, historia y cultura, nos aproximamos recientemente a Chicá, entrando desde la carretera Interamericana por el Parque Nacional y Reserva Biológica Altos de Campana.
Nos trasladamos primero al sendero interpretativo Podocarpus de Anam, donde se pueden observar 267 especies de aves y 39 especies de mamíferos, abrazados por los musgos y otras plantas epífitas como las brómelas y las orquídeas.
Nuestro objetivo fue desarrollar potencialidades, apoyando a las comunidades con noveles senderos turísticos. En el centro de bienvenida de Chicá, nos recibe Omar Zamora, lugareño dedicado al turismo y la siembra de plantas medicinales, cuyo padre se dedica a fabricar tambores y organizar grupos folclóricos.
El jardín botánico adornado por una refrescante quebrada en su interior y multitud de coloridas mariposas e industriosas abejas, podría desarrollarse para convertirse en un oasis de medicina natural. Una reseña de bienvenida lee: “Chicá traza el límite entre la vasta llanura costera y las altas elevaciones de la cordillera que termina muy cerca de ahí en el distrito de Capira, convirtiéndose en un hito para quienes han gustado de pasar del mar al laberinto de las cumbres y desfiladeros. Por años su ascensión puso a prueba la resistencia de animales y vehículos. Hoy sus mejores vías obsequian una de las panorámicas más sublimes que pueden imaginarse”.
La celestial sobremesa de la jornada le correspondió a Los Cajones, un laberinto de rocas, ubicado a un kilómetro posterior al puente del río Chame en dirección a Sorá, sirviendo de límite entre los corregimientos de Buenos Aires y Sorá, una falla geológica constituida por lava del plioceno que corre de norte a sur y que ha sido aprovechada por el curso del río Chame para crear un sitio que abruma por lo incomparable de su paisaje. Un letrero a la entrada del sendero lee: “Tráeme tu alegría, no tu basura”.
Dejando el auto al borde del atajuelo, descendimos a pie el kilómetro y medio del camino de piedras, hasta llegar a un singular sitio. Allí entrevisté a una joven madre cuyos dos mozuelos se divertían en las frígidas y limpias aguas de manantial, cuales Mark Twain y Huckleberry Finn istmeños, relatándome que descendían a diario de su caserío para el estimulante baño y jugueteo, en ocasión escarbando voluminosos camarones de río para el almuerzo. Sin gozar de electricidad ni televisión, estos espléndidos Homo sapiens panamensis reflejan la radiante frescura del siglo XX que hemos dejado atrás para morar en cárceles de concreto, ensimismados en aparatitos celulares y que es precisamente lo que busca afanosamente el visitante foráneo.
Posterior a esta experiencia alejado del tranque, la abrumadora bulla y el grafiti urbano, le anhelo laureles a mis asociados en la presentación de una cara diferente de Panamá y brindo una voz de aliento al diputado Juan Carlos Arango y las otras autoridades locales, para que continúen esculpiendo lo que se podría describir como un paraíso terrenal a una escasa hora de la capital.
Empresario