Cambio Democrático, el camino a la victoria popular
A mis 18 años gobernaba Omar Torrijos y las expectativas electorales eran una sola, el PRD gana y los demás pierden. Observo el triunfalismo de copartidarios que dan por hecho algo que, a pesar de que sea posible, no es seguro. ¿A qué me refiero?, al triunfo del CD en el 2019. La campaña de los entusiastas oligarcas internos es legítima, pero no cordial, invita al mismo coctel que bebimos en el 2014. José D. Arias no era el candidato que debimos elegir, simplemente porque para el cargo le faltaba personalidad y en política eso se paga caro. Pueden censurar mi opinión, pero los arquitectos de esa anomalía deambulan entre nosotros sin expiar sus responsabilidades y aún peor, aúpan a otro compañero cuyo perfil político no huele a grajo, sino a Chanel, en tanto, suda esencias no esfuerzo.
Como partido progresista, CD tiene un componente de cuadros cuyo origen son los sectores de poder económico, pero no son los más aptos y mucho menos mayoría, por ende, les advierto a ellos y a sus correligionarios que la realidad no es desunión, sino unidad en la diversidad, con altura y criterio propio.
Ricardo Martinelli no logró sentarse en la silla de los presidentes sin el voto multitudinario de los jodidos, esos marchantes que los cocotudos convocan cada cinco años al festín electorero, eso sí y que quede claro de una vez, sin derecho a mucho por no decir que a nada. Esta anomalía es la que debe ser cambiada, mi gente no continuará siendo enviada como siervos a cumplir la voluntad de los amos.
El poder es nuestro y por razones sencillas, somos más y en las democracias auténticas lo somos TODO. Pues, si continuamos apoyando a los niños plásticos, seremos traicionados permanentemente.
Me niego a creer, por ejemplo, que en el Santo Tomás o en el Instituto América no nacen o estudian panameños que puedan gobernar. Claro que sí habemos, pero las élites nos aíslan, atacan y denigran como para enseñarnos a no meternos con sus intereses.
Reclamo la victoria de CD, pero no colocando en manos de otro rabiblanco el poder ejecutivo. Ricardo nos enseñó a soñar y es muestra vibrante de que no se tiene que nacer en cuna de oro para amar a nuestra gente, basta con entenderla y abrazarse con sus anhelos y aspiraciones. No estoy contra los ricos, sino contra quienes desde el privilegio le niegan a obreros, campesinos, profesionistas, jóvenes, etc. la posibilidad de un país donde quepamos todos.
Abogado