Campañas: los pactos éticos y propaganda política
Quienes promueven la firma de un Pacto Ético Electoral realizan una loable labor. Esto queda claro teniendo en cuenta algunos de los objetivos del acuerdo presentado, entre los que se destacan evitar las llamadas campañas sucias alejadas de las discusiones programáticas, así como la búsqueda de caminos que permitan, la participación en igualdad de condiciones de aquellos grupos que se encuentran en condiciones de desventajas políticas. Este esfuerzo, sin embargo, no rendirá todos los frutos posibles, a menos que el pacto se amplié a fin de limitar el gasto en las campañas políticas.
Tal como señalamos en un artículo previo, los gastos excesivos en las campañas terminan por constituirse en simples inversiones de alto riesgo, las cuales serían eventualmente recuperadas con grandes ganancias por medio del manejo corrupto de los recursos públicos. A esto se tiene que agregar el hecho, destacado recientemente por Stiglitz, de acuerdo al cual las grandes donaciones en las campañas políticas llevan a un efectivo secuestro del gobierno y los gobernantes, los cuales pasan a utilizar el poder del Estado y sus recursos con el objetivo de promover los intereses económicos de los donantes.
La mayor parte de los gastos de campaña, de acuerdo a la experiencia, son utilizados en un tipo de propaganda política que, por su contenido esencial, tiene serías consecuencias negativas para la democracia. Tal como lo ha advertido Al Gore, la propaganda política actual lejos de promover la discusión de ideas y programas, se ha dirigido crecientemente hacia el spot publicitario, en el que se apela a la emoción, los sentimientos, así como a lo banal y prácticamente irracional. “Los locos somos más” es un claro ejemplo de esto.
Robert W. McChesney, profesor de publicidad de la Universidad de Illinois, explica este fenómeno mostrando la similitud entre la publicidad que promueve productos en los mercados de pocos oferentes (oligopolio) y la propaganda política. Este autor llama la atención sobre el hecho de que en ambos casos nos encontramos frente a pocos oferentes, en el caso de la economía por la presencia de barreras a la entrada a los mercados, en la política por la existencia de leyes electorales que dificultan la participación, promoviendo la existencia de apenas unos cuantos grandes partidos.
Así mismo McChesney subraya que en la práctica los diversos oferentes en un mercado oligopólico producen y comercializan productos bastantes similares, así, por ejemplo, una cerveza de una marca no se distingue mayormente de la de otra marca, como tampoco son tan diferentes zapatillas de diversas marcas. En estas condiciones la publicidad busca diferenciar los productos, haciendo uso de detalles secundarios, así como de simples recursos que no tienen nada que ver con el producto, entre los que se destaca la llamada publicidad engañosa. En el caso de la política panameña solo existen pocos grandes partidos, todos con la misma base y práctica neoliberal, por lo que en las campañas políticas poco se habla, por ejemplo, de cómo resolver los problemas de la seguridad y soberanía alimentaria, de los efectos del TPC o del papel que debe tener el Estado en acabar con la especulación y la desposesión. Los candidatos terminan vendiéndose a la población de manera banal y hasta fraudulenta, si se tienen en cuenta las promesas no cumplidas de campaña, promovidas, usando un caso cercano a nuestra realidad, como si fueran zapatillas.
Por otra parte, tal como también apunta McChensey, en el tipo de campañas de productos o de políticos que aquí se analizan, rige la llamada regla de orquestación, que constituyó uno de los pilares de la propaganda nazi ideada por Goebbels. De acuerdo a ésta aquel producto o político que logre repetir un mayor número de veces su mensaje predominará a la hora de la venta o de la elección. Esto significa que quien más gaste en los medios para promoverse con publicidad banal y engañosa, no aquel que sea producto de una discusión seria y programática, se podrá alzar con el triunfo. Más allá de esto, como también indica este autor, en el plano político existe un problema adicional: dado que para un candidato es casi tan efectivo restarle votos al oponente como sumarlos, las campañas políticas del tipo aquí analizado tienden normalmente hacia las campañas negativas. En estas quien carece de suficiente dinero para responder a las diatribas queda en desventaja.
De todo esto se desprende que cualquier pacto ético electoral, con el fin de ser efectivo, debe imponer un límite al gasto en las campañas políticas. La rendición de cuenta sería otro tema fundamental.