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Canibalismo periodístico


Si hay una profesión llena de bombas, trampas y minas explosivas tipo militar, esa es, el periodismo. No hay gremio más dividido, lleno de envidias y resentimientos que el de los “profesionales de la pluma”, por lo menos en Panamá.

El periodismo es una de las profesiones con menos libertad para las verdades absolutas. Por ello su raíz debería ser la duda, aunque los periodistas inmersos en la política, crean tener sólo certezas.

La objetividad periodística se diluye entre las ofertas políticas y gubernamentales. Los principios que dejaron los gestores de este apostolado, buscan nuevos héroes, que lleven la antorcha de la integridad.

Las fuerzas se polarizan en dos vertientes, periodistas del gobierno de turno y de oposición. Los independientes parecen no contar.

Los del gobierno, esos que pierden la memoria por cinco años y que olvidaron los almuerzos “cuara y cuara”, abanican la campaña oficial contra los periodistas que denuncian actos de corrupción, la entrega del patrimonio nacional y el enriquecimiento ilícito.

Apoyar iniciativas oficiales para intimidar a los periodistas que no se arrodillan ante Ejecutivo, no es digno de ningún periodista, aunque trabaje para el Estado.

Por su parte, los de la oposición, igual de pecadores que sus antónimos en sus años gloriosos, se declaran iluminados para cuestionar las medidas arbitrarias del gobierno de turno, ¡Ningún cura se acuerda cuando era sacristán!

Es una pena, que una profesión, tan noble se ahogue en el mar del oportunismo y las improvisaciones, de la oferta y de los pensamientos mezquinos de los partidos políticos.

El periodismo no es la ropa que uno se pone cuando llega la hora del trabajo, y que se quita al dormir. El periodismo es una segunda piel, inseparable del cuerpo y que determina al individuo en todo tiempo y circunstancia. No importa si eres del PRD o Cambio Democrático.

Se puede apoyar al gobierno con la pluma, pero sin quebrarse, sin inclinarse, resaltando lo bueno, pero cuestionando lo que esté al margen de la ley, aunque se pierda el trabajo.

Los periodistas no son autómatas, guiados vía telefónica por las voces represivas de los gobernantes o de los poderosos sistemas económicos.

La libertad de expresión es un derecho sagrado, sin ella no hay democracia, pero es insuficiente. Sin voluntad de verdad el periodismo es una parodia de la política o un producto más de la mercadotecnia.