Cárceles panameñas: cementerio para vivos
Quien haya tenido la suerte de haber leído la Ley 55 del 30 de julio de 2003, sobre el régimen penitenciario del país, comprende, sin ningún esfuerzo, que ella es una cadena de imaginaciones, poemas negros de mal humor y una auténtica bejuquilla de promesas irreales, inexistentes y que nadie jamás tuvo (ni tiene) el mínimo interés de cumplir o hacer respetar.
Si tuviésemos la fortuna de encontrar los Maqroll el Gaviero (de Álvaro Mutis) que crearon semejante fantasía legal, les diríamos que bien pueden seguir dedicándose a la creación de “cárceles” imaginadas como en su oportunidad -por ejemplo- Tomás Moro creó la ciudad de Attilan, o el Pandemonium de John Milton, convertida en la ciudad del infierno en donde se reunía Satán y sus acólitos, o la Narnia, de C.S. Lewis, baluarte del bien y el mal, haciendo aterrizaje forzoso como le ocurrió a Clart Kent en el poblado de Smallville, sin que se les olvide visitar el Camelot, la capital del reino de Arturo.
Decir que el sistema penitenciario es un conjunto organizado, funcional, de manera técnica y científica, orientado hacia el respeto de los derechos humanos de los privados de libertad, es un chiste que ni en Monagrillo se atreverían a contar.
Estipular el ordenamiento de los detenidos según su estatus penal es otra bufonada que no clasificaría ni para ser contada en las aventuras de Tintín.
Que en las cárceles se vela por la vida y salud integral de los privados, protegiéndose de manera especial a los que sufren trastornos mentales, enfermedades y discapacidad, provoca una gastroenteritis viral de tal grado que faltarían camiones de electrolitos para intentar detener los flujos.
Señalar que no habrá privilegios en las cárceles o que el director general debe visitar los centros carcelarios una vez al año es gozar de tanta esperanza como la que justificadamente tuvo Ernesto Cardenal cuando hizo el pueblo de Solentiname en Nicaragua.
Alegar la existencia de un Consejo Técnico del Sistema Penitenciario para asesorar al director general es hacernos creer que todos somos ciudadanos de Wonderland, el País de las Maravillas de Lewis Carroll.
Estipular el ordenamiento de los detenidos según su estatus penal es otra bufonada que no clasificaría ni para ser contada en las aventuras de Tintín. Y agregar, para desgracia, que las cárceles solo alojarán privados en la cantidad que se corresponda exclusivamente con la capacidad física del penal es tanto como considerar que en este país nadie ha crecido lo suficiente y que la estulticia nos sale por los poros como el sudor.
Contemplar el derecho de los privados a servicios sanitarios, cocina, comedor, clínica, escuela y biblioteca, disponiéndose el derecho a contar con libros, periódicos y revistas es una aventura literaria que se coloca por encima de las dichas que habitan la Ciudad de Oz.
Con qué cara se les puede decir a tantas madres que sus hijos detenidos tienen garantizado servicios de salud, psicología, trabajo social, psiquiatría, asesoría legal, odontología, laboratorios, paramédicos y ambulancia, si ellas saben que sus hijos de salir vivos o caminando, al final de sus penas, tales milagros se los deberán únicamente a los personajes del santoral religioso a los que tienen que recurrir sin otro remedio posible.
Consagrar procedimiento para quejas o peticiones de los privados equivale a exigirles a los miembros de la Policía Nacional que no maltraten, que no decidan quién sale o no a las comisiones ordenadas por las autoridades judiciales, que no introduzcan o permitan que se embuten en las cárceles cuanto aparato estamos en capacidad de conjeturar.
Nunca una ley, como la 55 del 3, es tan aparente como lo es, jamás una ley pudo llegar a ser tan engañadora ni tampoco una ley como la 55 pudo llegar a servir de espejo perfecto para que en ella veamos el perfil verdadero de autoridades blandengues, sin visión ni misión, sin almas comprometidas con el prójimo caído, indolentes, beatonas, sin el mínimo derecho a seguir siendo remuneradas con el sudor de los peregrinos familiares que cada mes pasan por el purgatorio de Dante para visitar a sus hijos en el cementerio de los vivos.
Ningún escándalo ni noticia actual sobre el sistema penitenciario nacional supera lo que vienen padeciendo, hace años, los privados de libertad en todo el país.
Si hay que corregir, entonces que el desagravio incluya a viejos y nuevos privados de libertad. De otra forma, resultaría preferible seguir en Bastian, la Ciudad de Fantasía de Michael Ende, en espera de transitar del mundo ilusorio al real o viceversa.