Caridad y sostenibilidad
Hace solo algunos días un connotado funcionario de una empresa cuya actividad ha sido señalada por algunos ambientalistas como dañina para el medio ambiente declaraba, de manera enfática y categórica, que “la caridad no tiene nada que ver con el desarrollo sostenible”. Se trata, sin duda, de una forma sui géneris de ver el mundo, frase que por su real significado conviene aclarar en su contenido. Para esto, en primer lugar, es conveniente aclarar los conceptos involucrados.
De acuerdo a la primera acepción del diccionario de la Real Academia Española, así como del Catecismo de la Iglesia Católica, la palabra caridad expresa una de las tres grandes virtudes teologales, la que implica el amar al prójimo como a sí mismo. Por su parte, en la definición clásica del desarrollo sostenible, la cual surgió en el llamado Informe Brundtland de 1987, el mismo se define como una situación en la que se logra “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades”. Teniendo esto en cuenta la frase bajo análisis significaría, si es que tiene algún sentido, que la sostenibilidad así entendida se puede lograr efectivamente sin que las personas nos preocupemos consciente y explícitamente por la equidad intrageneracional y, sobre todo, intergeneracional.
Esto último solo sería factible si existiera un mecanismo capaz de lograr por medio de una especie de mano invisible espontánea y automática, el bienestar ambiental de todas las generaciones aún en ausencia de un mínimo de preocupación por el prójimo actual y el que está por venir. El mercado, sin embargo, no puede realizar tal función, mostrando así una enorme falla en relación a la sostenibilidad ambiental. En efecto, como lo han demostrado Joan Martínez–Allier y otros, para que se pudiera dar algún tipo de asignación óptima de los recursos y medios naturales entre generaciones a través de los mecanismos mercantiles, las mismas tendrían que poder interactuar y negociar directamente dentro de el. Esta negociación entre generaciones pasadas, vivas y por nacer hasta el futuro lejano es, obviamente, imposible, como lo es que el resto de las especies vivas, a las que no le podemos negar el derecho a la existencia, concurran a los mercados, dotados de sus preferencias e ingresos, a negociar los espacios ambientales con los humanos.
Más aún, como ha sido señalado por John Bellamy Foster y otros estudiosos del tema, la experiencia y el análisis del actual sistema económico muestran con claridad meridiana que cuando la lógica de la producción está dominada por el crudo individualismo, que tiene como objetivo único la generación y acumulación de ganancias, el resultado final no es otro que la generación de una profunda y creciente crisis ecológica, tal como la que actualmente enfrentamos. Esta última, por tanto, solo podrá ser superada en la medida en que la solidaridad entre todos los hombres y mujeres y el principio de la protección de la vida se conviertan en el elemento central del desarrollo de la sociedad.
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