Carmela me mandó a la parresía
NOTA: Un adelanto de la novela Viviendo de mis mentiras. Entre la floresta inventada de la literatura meto una que otra verdad. Es la querencia y el vicio de algunos escritores: vivir entre mentiras y verdades. Lo que sueño es parte de mi vida.
De cómo Carmela me remitió a la parresía.
Dijo: «si vas a escribir tu vida, tendrás que luchar a brazo partido con una de las fuerzas más tontas que hay: la vanidad. Ahora que estuve leyendo tus aventuras por el Caribe me doy cuenta de que podría haber algo de esa vanidad espolvoreada sobre tus páginas». Le pregunté que dónde estaba la vanidad en esas páginas tan cándidas. «En las mujeres», dijo. No estoy de acuerdo, le repliqué, en asuntos de mujeres, Abecé se limitó a hacer lo que ellas querían que él hiciera. Si tienes paciencia, podrás ver más adelante que tampoco fue “el rey del barrio” al estilo mexicano.
—No, no me has entendido, Abecé viejo. Lo que quiero decir es que no critico tus felices aventuras con las mujeres sino la suerte que tuviste con ellas. Ninguna, de las que conocí en tus páginas, significó problema alguno y saliste con bien, o saldrás con bien... supongo.
—Reconozco algo de suerte.
—¿Algo? Una jauría de suerte parece acompañarte. Mira conmigo. ¿Te crees que soy fácil? Tres o cuatro salidas a tomar café, unos vinillos en mi casa, y te arrastré a la cama. ¿Eso que es?
—No sé, dímelo tú.
—Estar en el sitio exacto en el momento más oportuno.
—Me gusta ser oportuno, no oportunista.
—No veo por qué separas a los usuarios de la oportunidad. Parece que hubieras sabido que el amor de mi vida, un cubano del que no te hablaré nunca más, fue devuelto a la isla desde hace siete meses y no he recibido ni una postal del hijueputa. ¿Qué me miras? ¿Se me notaba la necesidad en los ojos? ¿Dónde se me nota? Dímelo.
—En tus brazos –le dije– Parecen tener vida y decisión propia. Tiemblan de ganas de tener a alguien abrazado. Quieres un hombre entero para ti. No sé por qué escoges a un viejo que ya no puede ser de nadie.
—Lo único que te pido es que si alguna vez se te ocurre meterme en uno de tus capítulos, tengas la parresía en cuenta.
—¿La parresía, qué vaina es esa?
—Búscala.
Y la busqué.
