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¿Carnaval de qué?


Muchos panameños se visten hoy de fiesta y se dirigen a un culeco o desfile para festejar. Pero me pregunto, ¿a celebrar qué?

En otros tiempos había mucho que celebrar y tengo gratos recuerdos de cuando los carnavales se disfrutaban sanamente. En mi hogar, por ejemplo, en compañía de familiares y amigos, el domingo de Carnaval se celebraba una tarde de tambor para rendir culto a la pollera, el montuno y la música típica. Nunca faltaron la serpentina, el confeti y las máscaras, y como residíamos en San Francisco de la Caleta, siempre nos visitaban los diablitos de Boca la Caja que danzaban al ritmo de latas. Todo, por supuesto, dentro de un ambiente de respeto y cordura.

Por muchos años el Carnaval de la capital fue parte de la agenda histórica cultural. Las reinas eran escogidas por su honorabilidad y sus respectivos caballeros eran personas respetadas. Los desfiles transitaban por las avenidas principales y el público los apreciaba desde aceras y balcones. Cuando las comparsas y carros alegóricos doblaban hacia la 4 de Julio, miles se arrimaban en las colinas del Cerro Ancón. Se respiraba aires de camaradería y alegría, y no existía el desorden ni los maleantes. En esos tiempos Domitila y Tiburcio no se vendían al mejor postor y tampoco tenían vinculación con ninguna empresa licorera. Los patrocinadores del Carnaval eran todas empresas responsables, distribuidoras de productos para el hogar y maquinarias industriales, ninguna conectada con el vicio del alcohol o de los cigarrillos.

El último año que fui a Penonomé para carnavales fue en 1984. Mi padre era entonces candidato para legislador del circuito 2-2, y aproveché para visitar algunas comunidades. El vínculo familiar que me une a esta provincia y la amistad que me atrae a sus habitantes hacían de este lugar un hostal perfecto para descansar y festejar. Aquellos culecos alrededor del parque central, siempre abundantes de agua y música, se hacían en compañía de parientes y vecinos, todos provenientes del mismo lugar histórico. Por supuesto, no había paseos en buses ni turbas de indecentes que orinaban las aceras ni destruían el pueblo.

Recuerdo que en esos tiempos bañarse en Las Mendozas era siempre divertido; también, los paseos a las "tres peñas" y el viaje río arriba por Sonadora, tumbar marañones en la finca de los Grimaldo y caminar Calle Chiquita hacia el puente Murcielaguero. Hoy da tristeza que los pueblos del interior hayan quedado secuestrado por las juntas de carnaval y convertido en albergue forzado de unos cuantos días para los desenfrenados que empeñan todo al dios Momo.

Ciertamente, en estas condiciones de derroche y abusos, no hay espacio para celebrar. Y si miramos detenidamente alrededor, vemos que en cada esquina se han edificado impro visadamente cantinas, toldos, casinos, discotecas y casas de cita, todos para el cultivo de la borrachera y el caldo fértil para la indignidad y la pérdida total de valores.

Los carnavales de hoy no son ni la sombra de lo que eran antes. Hoy todo es muy diferente; lo que tenemos ahora es lo más parecido a Sodoma y Gomorra por sus excesos y desorden. Yo no culpo a los que, para evitar ser parte o víctima de este disparate, escapan y se marchan del país. Con o sin razón, los aviones durante estas fechas van repletos de pasajeros, a pesar de los precios que cobran las aerolíneas. Hay muchos que con tal de no quedarse en el país de los locos, pagan cualquier precio y se van. De verdad, antes eran otros tiempos y había sobradas razones para celebrar. Hoy solo queda la esperanza que con la entrada mañana de la Cuaresma, la gente entre por fin en razón y pueda entonces yo pensar que en algún próximo Carnaval haya algo de que celebrar.

rcarles@cableonda.net