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Carnaval y consumismo


Los carnavales son otro de esos períodos en el que los panameños mostramos un apetito prácticamente insaciable por el consumo, el cual aparece con todo su contenido hedónico, individualista y carente de sentido humano, a tal extremo que el ilusorio, efímero y costoso lujo derrochado en la farsa de Momo se convierte en una lacerante injuria frente a la carencia de quienes se debaten en el asfixiante mundo de la pobreza. Para algunos se trata de una especie de expresión atávica de una cultura heredada, la cual no posee vinculación alguna con el sistema de relaciones económicas en que nos encontramos insertos. Para otros, quizás un poco más refinados y conocedores de las doctrinas que hacen parte de lo que algunos llaman la economía vulgar, no sería más que el resultado de la soberanía de los consumidores, quienes, con sus gustos dados y carentes de explicación social, muestran funciones de utilidad que le dan gran importancia al desenfrenado jolgorio carnavalesco.

Se trata, sin embargo, de una situación que empieza a mostrar su verdadera naturaleza cuando tomamos en cuenta lo que Baran y Sweezy llamaron en su momento las campañas de ventas, es decir el esfuerzo consciente, viabilizado por las técnicas publicitarias, guiado a estimular instintivamente determinadas formas de consumo. Esfuerzo este que, desde luego, no están pensado en términos de elevar el bienestar real de las personas, sino de manipularlas para crearles el deseo de consumir con el fin ultimo de asegurar las ventas y ganancias. En esta época el esfuerzo de ventas toma la forma de una verdadera cruzada que apunta hacia el consumo incontrolado de alcohol, el desenfreno y la irresponsabilidad, antivalores que por ser útiles para realizar beneficios económicos resultan aceptables, aún a costa de la deshumanización. Ya llegará el momento del año en que la publicad nos hagan pensar en términos de Semana Santa, el día de la madre, del padre, del niño y Navidad, vaciando a todas estos eventos de su verdadero sentido humano, remplazándolo por una visión materialista – hedonista que produce ventas y ganancias.

Este consumismo no deja de tener graves consecuencias. En primer lugar, resulta en formas que para nada ayudan al bienestar humano. Está comprobado, como nos lo ha recordado recientemente Raj Patel, que una forma de consumo centrado en la competencia entre los individuos por poseer bienes posicionales no es capaz de elevar la felicidad de nadie. Por otra parte, se trata de una forma de consumo basada en gran medida en el crédito, la cual hace asfixiante la situación económica de los sectores trabajadores y medios. Es así, por ejemplo, que en Panamá la deuda bancaria de consumo saltó del 52.5% de las remuneraciones anuales de los asalariados en el 2000 al 72.5% de estas en el 2009. Finalmente, se trata de una forma de consumo que acelera los graves problemas ecológicos que sufre el planeta. Quizá en medio del ruido de estos días alucinantes logremos reflexionar un poco sobre la necesidad de avanzar hacia una sociedad más humana.

jovajun@yahoo.com