Carta desde Buenos Aires
Llegué a Argentina por primera vez, ocupando un cargo diplomático, cuando no había cumplido treinta años de edad. Ahora regreso, cincuenta años después, cuando voy a cumplir los 80. Parodiando a Gardel: ¡Que 50 años no es nada!
Y han sido tantos los años. Imagínense que cuando llegué a la gran ciudad por primera vez, todavía transitaban los tranvías y se repartía la leche en unos caballos (percherones) que transitaban por todas partes. ¡Qué tiempos aquellos!
Evidentemente, la ciudad y yo hemos cambiado mucho. Acá viven mis dos hijas, Analisa y María Fernanda; y tengo cuatro nietos, uno mayor de edad y tres adolescentes.
Siempre oigo decir que el argentino es arrogante y despectivo con respecto a los otros hombres del mundo. No es cierto. Es el pueblo más humano, solidario y cordial que he conocido. ¿Que son orgullosos y piensan que en ninguna otra parte se vive mejor que aquí? Esto es algo que más bien todos pueden comprobar. El sentido del amor a la familia y a los amigos, el ser receptivo afectuoso con los que no son de aquí, hablan de su auténtica humanidad y hasta de su pujante y creciente desarrollo.
Pero, dejando aparte, el gran amor que siento por este país, les digo que aquí estoy de nuevo, no pudiendo recordar las veces que he venido, que no son cien, pero tampoco menos de cincuenta. He venido a pasar unas vacaciones, a las que no he puesto fecha de regreso. Vivo en el hogar de una de mis hijas, y créanmelo que es modelo de trabajo, honradez y disciplina. Vivo en un ambiente en el que se respira generosidad y nobleza, que es para estar verdaderamente orgulloso.
Los cardiólogos me recomendaban en mi país - casi con urgencia- una operación de corazón abierto, por un coágulo alojado en una arteria importante del corazón. Respeto y agradezco su opinión profesional, pero reflexiono sobre el sí o el no sin decidirme todavía. Y aquí estoy en la Gran Ciudad en la que he olvidado un poco la inquietud de esta decisión.
Un cuento que oí hace muchos años. En un asilo de ancianos, pobres, un periodista pregunto a uno de los ancianos. ¿Qué haría usted si le avisan que un pariente lejano le ha dejado 5 millones de dólares de herencia? El anciano respondió: “Yo tengo 94 años”. El periodista insistió con la pregunta, y el anciano le repitió: “Yo tengo 94 años”. ¿ De qué le servía ya si el mismo Bill Gates le hubiera dejado toda su fortuna?
¿Qué más les digo? Que este es el país de la libertad de expresión. El periodismo es libre, y como señalaba hace poco que les hablaba del gobierno de Carlos Menem, hay amplias libertades para expresar todas las ideas. Diría que es un modelo que debe servir de ejemplo a todos los países que quieren vivir en auténticas democracias.
Espero continuar desde acá en estas pláticas que me resultan tan agradables, hasta luego.
Imagínense que cuando llegué a la gran ciudad por primera vez, todavía transitaban los tranvías y se repartía la leche en unos...
