Carta a un fanático (II)
La intolerancia, cuando se hace radical, provoca la conducta irracional de la agresividad que destruye todo a su paso, con licencia para matar, con permiso para destruir, dado por ese submundo de locura mental inventado por el narcisismo de grupos que se han sentido elegidos por los dioses para ser sus “favoritos”. Insisto en esto de lo divino mal entendido, porque se hacen “sagrados” conceptos como razas, ideologías, sistemas económicos, religiones en cuanto excluyentes, partidos políticos y sus líderes, inclusive equipos de fútbol y sus “estrellas”, y algunas veces el “yo” de algunos, idolatrados por su propios portadores. El “inventar dioses” ha traído tanta desgracia a la humanidad y no nos queda otro camino que acabar con ellos para sobrevivir y el favorecer la tolerancia y el respeto a los demás y sus derechos. Hay que desacralizar y desmitificar todas esas divinidades creadas para favorecer nuestros “egos” inflados de orgullo. Despojarnos de esos aires idolátricos y tomar conciencia de que somos “humanos” simplemente y que hay un Dios que ama a todos por igual.
Creo en la verdad de mi fe y en el amor de mi Dios, pero no puedo por eso irrespetar a los que no piensan como yo. Tengo claros conceptos en muchas cosas de la vida, pero no puedo despreciar a los que no opinan como yo. Debo entender que hay muchas formas de ir descubriendo la verdad y que todos tenemos derecho a vivirla y expresarla. Que no soy nadie para acusar a los otros de malos y perversos, de hacerme por eso el “intocable”y el perfecto, el “santo”, porque “con la misma medida con que mido, seré medido”; que cuando acuso señalando con el índice, esa misma mano tiene otros tres dedos acusándome a mí y haciéndonos ver que “Santo solo es Dios”. Mucha vigilancia a ese ego lleno de soberbia, que nos ha causado tantos problemas en la historia. Y recordemos que con Dios somos invencibles a la idolatría.
