Casi anunciada (la muerte)
Gabriel García Márquez no lo podría haber titulado mejor: Crónica de una muerte anunciada.
Pero en este caso, la realidad política nada tiene que ver con los sinsabores de Santiago Nasar, el joven protagonista del libro del Premio Nobel. El mismo que recién minutos antes de morir se entera que los hermanos Vicario lo iban a matar, a pesar de que todo el pueblo -pequeño, cerca del Caribe- lo sabía. Todo.
De igual forma se puede resumir el final de la alianza de gobierno entre Cambio Democrático y el Partido Panameñista.
Todos lo sabían. Desde la cabeza del Ejecutivo hasta los diputados. Desde los ministros hasta los concejales.
Todos sabían que la relación entre el vicepresidente Juan Carlos Varela y el mandatario Ricardo Martinelli se sostenía de un hilo. Pendía de un hilo. Solo la relación personal construida entre Varela y Martinelli durante dos años evitaba el quiebre.
Muchas cosas mal calculadas, muchos intereses encontrados. Y una carrera presidencial que se adelantó dos años. O tres.
De uno y otro lado sonaron las alarmas, las advertencias.
Todo el pueblo, como el lugar del Caribe pensado en el genio de García Márquez, conocía el final o se lo imaginaba.
Pero nadie hizo nada para evitar el quiebre final el martes pasado. Quizás, el último en enterarse, al igual que Santiago Nasar, fue el excanciller.
O quizás no. Eso quedará para los libros de historia. O para lo que los protagonistas quieran revelar y hacer público.
Lo cierto, y lo de ahora, es que el final de la alianza oficialista ha sumido al país en una crisis política de consecuencias que aún no se pueden calcular.
La ecuación política se modificó de un día para otro, tras aquel martes que el vicepresidente se quedó sin su cargo de canciller.
Mal para la gente, mal para Panamá.
