Cataluña y los toros (II)
Querido Director: Comprenderá que antes y durante el debate que los políticos de Cataluña montaron alrededor de la prohibición de las corridas de toros, algunos cientos de manifestantes, que según la prensa afín al Gobierno Catalán se convirtieron en miles y decenas de miles, se manifestaron por las calles de Barcelona y delante de las puertas de La Plaza Monumental coaccionando a toreros y espectadores. Convendrá conmigo que hoy día la técnica ha avanzado de tal manera que nos hemos encontrado con que la mayoría de esos manifestantes son los mismos, aunque muchos de ellos disfrazados, que los ocupas, los antiglobalización, los greenpeaces y defensores de cualquier causa anti-familia o amoral.
Conociendo como conocemos aquí en España la catadura de la mayoría de los políticos catalanes que se han visto involucrados en casos de corrupción y ahora aspiran mediante el estatuto a designar ellos mismos a los jueces, creando un Poder Judicial Catalán y así dejar impunes los robos y fechorías que llevan treinta años cometiendo. ¿Y qué hay de verdad detrás de la prohibición de las corridas en La Monumental? Pues derribarla y poner en el mercado el mejor terreno del centro de Barcelona o convertirla en un gran centro comercial de diversión y ocio en manos privadas. En cualquiera de los dos casos y conociendo los antecedentes de socialistas y nacionalistas, estaríamos ante un gran negocio.
En centenares de pueblos de Cataluña no se entienden sus fiestas patronales sin sus espectáculos de toros que se celebran en las plazas principales de cada pueblo o en plazas portátiles. La principal tradición es el llamado “toro de fuego”, que consiste en prender fuego a unas antorchas que se pegan a los cuernos del animal, soltarlo en la plaza y corrido por centenares de jóvenes que afrontan un gran riesgo. Todos los años hay algún muerto, siempre decenas de heridos por graves quemaduras y además, los toros se quedan ciegos, por lo que hay que sacrificarlos nada más terminar el festejo. Aunque le parezca mentira, estas fiestas no solamente no han sido prohibidas por la Ley Anti-taurina, sino que la semana pasada se promulgó una Ley que las convierte en Bien de Interés Cultural, por lo que ni siquiera una Ley del Estado Central, podría suprimirlas. La razón es evidente: en esos pueblos no hay suelo con el que especular y además la prohibición afectaría electoralmente a los partidos social-nacionalistas.
Le conté que el gran torero, ya retirado, Paco Camino cargó contra el Rey Juan Carlos por su tibieza en la defensa de la Fiesta Nacional. Casualidades de la vida, unos días más tarde la Fiscalía de Sevilla reabrió un procedimiento que hace ya varios años se incoo contra el diestro por la venta de unos terrenos en su pueblo natal que se llama Camas. Estas casualidades, que siempre se producen en los regímenes totalitarios o en las falsas democracias, camino por el que parece España va transitando, afectan no solamente a las personas y patrimonios represaliados, sino también a la credibilidad que España debe dar ante el mundo en la defensa de sus intereses.
El arte de los toros fue, al principio desde el caballo, para después sobre el S. XVII el toreo de a pie, aunque manteniendo la suerte de picadores, que se ejecuta desde un caballo. Hoy en día en todas las grandes ferias, se lidian una o dos corridas de rejones, que ejecutadas por los rejoneadores desde sus magníficos caballos de raza española ponen a la gente de pie de tanto entusiasmo. La Fiesta Nacional no morirá y la larga historia de España nos demuestra que los políticos de los que estamos hablando no ocuparán ni media línea en los libros de Historia.
Atentamente,
