Chavismo
Juan Carlos Varela sigue los pasos de su amigo Nicolás Maduro. Como no entiende y acepta el juego libre de la democracia, opta por perseguir y encarcelar a sus adversarios. Las diferencias entre uno y otro son de estilo: Maduro es rústico y parlanchín; Varela es jesuítico, astuto, tira la piedra y esconde las manos. Pero sustancialmente son idénticos: violan las garantías constitucionales y los derechos humanos de los opositores. Venezuela está en quiebra financiera, y monopoliza los poderes públicos. En Panamá, la desaceleración económica abarca los sectores de la producción agrícola, los servicios, la inversión privada. El control de precios ha generado escasez, improductividad agropecuaria, mercado negro, fuga de capitales. En Venezuela, Maduro dicta las órdenes de persecución y arrestos a la fiscalía general a través de discursos y en declaraciones a periodistas sumisos. La asamblea es controlada por el régimen. El tribunal electoral es una sucursal de las oficinas de Maduro.
Las afinidades chavistas se instrumentan en Panamá con procedimientos similares. Los allanamientos a residencias y las detenciones preventivas ordenadas fuera del Ministerio Público antes de que se rindan indagatorias tienen una marca de identidad chavista y fascista. Los exministros y funcionarios suben y bajan escaleras por los tribunales para conocer los detalles de las imputaciones descargadas a través de la TV y la prensa progobiernista. Los oficios de los fiscales llegan primero a las redacciones para crear la atmósfera de escándalo característica de los regímenes totalitarios. Se ha impuesto la presunción de culpabilidad sobre la presunción de inocencia. Quienes acuden a las indagatorias previamente son presentados como culpables. La reserva del sumario no existe: los expedientes circulan por los medios gobiernistas como armas de difamación. Las impugnaciones de los diputados de Cambio Democrático son previsiblemente rechazadas porque forman parte del costo de las ratificaciones. El Plan Varela está en marcha. Los poderes públicos son controlados por el Gobierno con el indisimulable propósito de reemplazar la justicia tribunalicia con las venganzas políticas.
Panamá se mira en el espejo de Venezuela. El chavismo ha destruido uno de los países más prósperos del mundo. Los pobladores de los cerritos de Caracas cayeron seducidos por la demagogia de Chávez que les subsidió alimentos, gasolina, les regaló artefactos domésticos mientras hubo dinero. Pero ahora no hay plata para subsidios de alimentos ni para nada. Tienen que hacer filas interminables para comprar cualquier cosa. La escasez y el fabuloso incremento del costo de vida les golpea el estómago. Los chavistas de antaño rechazan a los chavistas de hoy, cada vez más repudiados y reducidos. Cálculos conservadores estiman que el 70 por ciento de los venezolanos está contra el Gobierno. El resto de chavistas son los matones de los colectivos y motociclistas pagados por el régimen para atacar a los opositores cuando protestan en los mitines de calles y plazas.
Por este tortuoso camino se lleva a Panamá. Hay un controlismo creciente en lo político y en lo económico. Así empezó Venezuela y así está acabando, llevando a la miseria a los habitantes del gran productor petrolífero. Pero la ignorancia de los panameñistas es inconmensurable. El modelo chavista solamente crea pobreza, persecución política, destrucción de la constitucionalidad. Los socios perredistas conocen esta clase de dictadura porque la experimentaron con sus vicios y maleanterías durante veinte años. Un súbito ataque de amnesia obstruye la memoria de los que fueron perseguidos y hoy son verdugos.