‘Chingui’, están partiendo los grandes
Se están yendo. Están camino al paraíso. Hacia allá caminan. Van felices. Alegres. Van bailando en el espíritu. Han sido como guayacanes luminosos en medio de la espesura de la selva. Solo que ellos brillaron durante toda su vida. Nada hicieron para buscar el aplauso sórdido de la muchedumbre ni esperaron nunca un diploma de reconocimiento.
Son seres superiores. Verdaderos bateadores, jonroneros con bases llenas. Impulsaron impactantes carreras en la vida y siempre haciendo el bien sin mirar a quién.
Ellos miraban al pobre. Y veían en sus rostros, no al pobre menesteroso, sino al hombre o a la mujer de quienes Dios mismo se encarga de darles vida, sustento y techo. Esos que tienen por techo, en las noches, el firmamento y sus estrellas y por el día el explayado cielo y su candente sol.
Esos "pobres" que son tan ricos en la ternura de sus miradas y millonarios en la calidez humana. Falta discernir quiénes son realmente "pobres" y quiénes los supuestos "ricos".
Una dama, una señora, una regia y firme princesa que supo caminar por la vida compartiendo con la dulzura su gigante don de gentes, cristiana de pura cepa, noble como las reinas buenas, su profesión al servicio de los humildes, odontóloga de los chorreranos y arraijaneños, mejor decir de todo Panamá Oeste.
Esa fue Hilda Elisa Barría Castillo. La odontóloga de su pueblo. La mujer que engrandeció con su inclinación humanística a todo una comunidad.
De origen noble, si por noble entendemos a los que hemos venido de padres y madres buenos, trabajadores, consagrados a sus hijos, dedicados, amorosos, ejemplos de bien, de honestidad y transparencia. Allí, en la tierra de los poetas Moisés Castillo Ocaña, de Hortensio de Icaza y de Tomas Martín Feuillet y tantos otros grandes, nació la doctora Hilda Elisa Barría.
A muy temprana edad, siendo su familia encuestada por temas de estadísticas nacionales, ella respondió todas las fechas que el encuestador pedía y tan magistralmente lo hizo que fue seleccionada como la imagen de la "Niña sana".
Allí, sí, fue allí en donde brilló por vez primera el oro; fue allí donde reluciente mostró el diamante sus refulgentes destellos de inteligencia y singulares dones.
La enfermedad que padeció no pudo doblegar su fortaleza de acero, su carácter y su temple de gigante, su estirpe de mujer grandiosa ni su espíritu de devota fe en el Santo del Gólgota. Quienes al lado de su cama estuvieron dan fe que levantaba las manos, en medio del sufrimiento, para bendecir y glorificar el nombre de Jesús. Otra vez, como siempre, volvía el brillante a lanzar sus destellos.
Qué grandiosa nuestra "Chingui", apodo con el que la llamábamos quienes la tratamos tan de cerca, como me tocó a mí, sobre todo, en los años mozos.
Fue siempre “Chingui” nuestra hermana. Nuestra hermana mayor. Como lo fue Luisa, quien también se nos fue años ya a la gloria celestial. Su trayecto, el trayecto de las grandes, las grandes del Señor, lo ha seguido ahora “Chingui”. ¡Qué lindas! Qué bellas son las almas que mueren en el Señor.
Allí, reposada en el féretro que la contenía, parecíame escuchar su voz. Nunca triste, nunca enojada, nunca deprimida. Siempre egregia, siempre dulce e inspiradora. Siempre sonreída como diosa que descendía de su trono de dulzura.
El pasado miércoles nos congregamos en Colinas de La Paz en La Chorrera quienes la admirábamos, respetábamos y queríamos. Todos sus amigos y toda su amante familia.
Su único hijo, el joven abogado Rubén Darío Córdoba, era su grandioso orgullo, su báculo y su gran obra. Toca a él seguir la siembra asombrosa y fructífera de su amantísima madre.
Había mucha gente. Muchas personas concurrimos a decirle, no un adiós a “Chingui” -Dra. Hilda Elisa Barría Castillo- sino un sincero hasta luego. Nos veremos en la gloria celestial, “Chingui”. Esa fue su fe y es la nuestra. Allá nos veremos.
Entré silencioso al camposanto y en silencio me retiré. Saludé a pocos. No quería interrumpir momento tan sublime.
Abracé a Emilia, saludé a “Minguín”, a distancia vi a “Chemi” y a Ricardo. Escuché las palabras de “Tito” Barría, el hermano mayor: adusto y regio, como roble que el tiempo no doblega. A distancia también vi a “Rica”, el menor de esa dinastía, mi condiscípulo en la secundaria. Mi gran hermano y enorme compañero.
A Beni, la hermana menor, agradezco me haya dicho el día martes que “Chingui” murió alabando al Señor. Me impresionó tanto la gigantesca fe de Hilda Elisa Barría Castillo.
Su gran herencia a la familia y a quienes la tratamos como una real hermana: su fe! Sin duda alguna.
Hay hombres y mujeres que se inmortalizan por una palabra, otros por una obra, otros por un pensamiento profundo. “Chingui” Barría concentró todo eso y más.
Allá, a principios de los 80, cuando apenas cursaba los primeros años en Derecho, recuerdo que un día, mientras ocurría a la casa de los Barría en Matuna, a estudiar para unos exámenes, me dijo, cual hermana mayor: "Abre la boca, Silvio", confieso que sentí pena y hasta timidez. Y con una sonrisa añadió: "No tengas pena, a ver, abre la boca". Y luego susurró dulcemente: "Mmmm, hay caries. Tenemos que calzar las muelas". Y así lo hizo. Calzas que hasta el día de hoy llevo, ahora, con mucha más honra. Pues esas calzas las hizo la “Reina Odontóloga” que cuidaba nuestras dentaduras como el poeta que con celo sumo cuida los versos que su inspiración ha dado.
La doctora Hilda Elisa Barría Castillo no se ha ido. Tan solo ha retornado a la fuente de gracia de Amado Nervo. Hasta luego, “Chingui”.
Hasta luego a la hija de Andrés y Yavita. Dios bendiga a los grandes que nos dejan.
Abogado