Cinismo y demagogia
El PRD tiene un anuncio por televisión, en el que uno de sus pregoneros afirma que el general Torrijos estaba contra las minas porque destruyen la naturaleza. Poco faltó que dijera que también estaba su partido contra las hidroeléctricas por el mismo motivo, cuando fue durante el gobierno del perredista Martín Torrijos que se dieron todas las concesiones para que se instalaran las hidroeléctricas que ya están destruyendo nuestros ríos.
Esta gente parece olvidar (o que nosotros olvidamos) que fue, precisamente, el general Torrijos quien empezó la campaña de explotar Cerro Colorado; y que nuestra provincia libró contra esa campaña una guerra campal para que no se explotara, aunque se gastaron cientos de millones de dólares que nadie supo después en que se habían gastado.
Todo esto se llama cinismo y demagogia. En política, la demagogia es la mentira disfrazada. El demagogo presenta la mentira como si fuera verdad. Y al tiempo que favorece sus propios intereses, aparece sentir profunda devoción por los intereses del pueblo.
La diferencia que existe entre un estadista y un demagogo, consiste en que el primero trabaja con hechos, y el demagogo con palabras. El estadista es sobrio en el decir y fecundo en el hacer; cuando se enfrenta a un problema mide sus fuerzas, medita y pone en acción un plan; y cuando un demagogo se enfrenta a un problema, no se le ocurre otra cosa que decir un chorro de mentiras y promesas, y jura que hará tal o cual cosa; y poco después ni se acuerda de lo que dijo. Por eso, del estadista quedan las obras y del demagogo las palabras. El estadista es un hombre medular, el demagogo es un retórico, un charlatán.
El gran ensayista español José Ortega y Gasset, decía en su obra La rebelión de las masas, que los demagogos han sido los grandes estranguladores de civilizaciones. “ La griega y la romana sucumbieron a manos de esta fauna repugnante que hacía exclamar a Macaulay: “En todos los siglos, los ejemplos más viles de la naturaleza humana se han encontrado entre los demagogos”.
¿Cuántos años necesitará nuestro país para distinguir quiénes son sus estadistas y quienes sus demagogos?
