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¿Ciudad o pantano?


La situación con las inundaciones en la ciudad de Panamá se torna cada vez más caótica.

Nada más el miércoles pasamos por la vergüenza de ver cómo el propio presidente Ricardo Martinelli y el magnate estadounidense, Donald Trump, por poco quedan atrapados en un enorme charco en plena urbe.

Trump invirtió unos 430 millones de dólares en esta fastuosa edificación y con toda la expectativa que reviste la inauguración de una obra de esta magnitud, la inundación que se produjo en la entrada misma del hotel avergonzó al país.

La situación ha llegado al punto de que ayer, el ministro de Obras Públicas, José Federico Suárez, anunció que impondrá mano dura con las empresas constructoras y concreteras que le adeuden al Estado.

Las autoridades no entregarán permisos de ocupación a los proyectos que no estén al día en el pago de sus obligaciones.

La medida anunciada por Suárez debe ser solo el principio de una serie de sanciones que se impongan a las constructoras que “irresponsablemente”, como lo advierte el propio ministro, han hecho de la ciudad un pantano.

El sistema de acueducto de la capital está obstruido a lo largo de la Bahía de Panamá. El Estado destina diariamente una cuadrilla de hombres que trabaja en las profundidades de las alcantarillas para corregir el daño que han causado millonarios proyectos.

Estos funcionarios arriesgan sus vidas entre la oscuridad, ratas, aguas contaminadas y gases tóxicos para hacer su trabajo.

Mientras, los contribuyentes hemos pagado, en lo que va de este año, más de medio millón de dólares para solucionar este problema, creado por la irresponsabilidad de terceros.

El Estado debe ser más enérgico. No es justo que los automovilistas tengan que transitar en medio de canales de agua y que los transeúntes caminen con los zapatos en las manos cada vez que caiga un aguacero.

Bienvenido el progreso, pero con orden. Ninguna ciudad del mundo estaría de acuerdo con pagar un precio tan alto por el crecimiento inmobiliario.