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Comercios ilícitos
La escandalosa concentración de comercios ilícitos, en un mundo globalizado, es por sí mismo un proceso que nos encamina a una atmósfera de pillería verdaderamente irrespirable de atrocidades.
Para desgracia del planeta, todos estos insensibles mercados violan constantemente los derechos humanos. Pongamos por caso, el comercio ilegal de armas, que ayuda a los sembradores del terror y a tantos criminales a jugar con las vidas de las personas. O el mismo tráfico de productos ilícitos, que al eludir los controles establecidos, nada es lo que parece, lo que menoscaba la buena gobernanza de las instituciones. O el comercio ilegal de fauna y flora silvestres, que se ha convertido en una sofisticada forma de delincuencia globalizada, comparable con la trata de seres humanos y el tráfico de drogas. Resulta, pues, obvio, con este panorama de despropósitos que nos circundan, que la ética es fundamental en cualquier relación humana.
Si en verdad queremos salir de este círculo vicioso, contrario a la protección de la vida y a la dignidad de toda persona humana, hemos de desterrar todos los mercados negros, incluso cualquier tipo de abuso que nos encontremos a pie de calle.
Sea como fuere, recordemos que un ilícito es aquello que no está permitido legal o moralmente. Se trata, por lo tanto, de un quebrantamiento de la norma o, en todo caso, de una falta de ética. De todas maneras, no podemos seguir haciendo oídos sordos ante estos desvergonzados comercios, revestidos de brazos inmorales, que violan los convenios internacionales y están estrechamente unidos, no solo a los peligros actuales, sino también al terrorismo, al crimen organizado y al narcotráfico.
Naturalmente, hay una relación entre la explotación ilegal de los recursos naturales, el comercio ilícito de esos recursos y la proliferación y el tráfico de armas, lo que conlleva a exacerbar los problemas, avivando un clima de violencia como jamás.
Esta espiral de contiendas, en un comercio de ilícitos, no beneficia a nadie, porque todo lo distorsiona a su antojo y dominio. Es público y notorio, que cuando se desmoronan los más básicos principios humanos, el otro es siempre un rival, un enemigo al que hay que derrotar como sea y a cualquier precio. De ahí la necesidad de que debamos entre todos entendernos, promoviendo quizás una mayor comprensión entre religiones, culturas y civilizaciones. En este sentido, pienso que los líderes tienen la misión de ser una fuente de inspiración, ayuda y orientación hacia las personas que se esfuerzan por promover la armonía. Advertido queda.