Cómo enfrentar el infortunio
¿Oigan, que le mataron al esposo? El dolor de la pérdida fue grande, más agudo porque ella seguía muy enamorada de su marido. Los lazos de comunión mientras más estrechos son con alguien, más duele cuando se rompen, sobre todo por un suceso inmediato, en este caso por la muerte por asesinato. Conocí el caso de esta señora de unos 35 años que quedó sola con tres niños. El impacto primero fue tan doloroso, cruel, que tuvo que ser internada en un hospital, nada más acabar la misa de funeral. Tres días estuvo ella hospitalizada, y gracias a la visita providencial de una mujer muy cristiana tomó conciencia de que hay eternidad, un cielo prometido, un Dios que recibió a su esposo y de que tenía tres hijos que cuidar, proteger, alimentar y educar. Tomó valor y se levantó de esa cama y poco a poco se fue recuperando. Después ha tenido algunas crisis fuertes, una más terrible, pero de todas las ha sacado el Señor como contaré más adelante. Han pasado ya cuatro años y ella, que tuvo que salir del país con sus niños por seguridad, siendo ingeniera en sistemas, tiene con otro familiar un restaurante, donde ella cocina, sirve la comida, lleva la contabilidad y trabajando muy duramente tiene a sus hijos estudiando. Se le avivó la fe al extremo de que cree firmemente que su marido está con Dios, se congrega en la iglesia como nunca había hecho, ya que conoció a unos laicos de un movimiento católico que la han acogido con tanto amor y según cuenta ella en sus correos, es una mujer con mucho ánimo, alegría y valentía. Claro, pasó por momentos muy difíciles donde le cuestionaba a Dios, protestaba por su situación económica, ya que prácticamente quedaron indefensos y tuvieron que vender la casa para pagar deudas y al final cayó en depresión.
La depresión es el peor enemigo de la mente. No querer hacer nada, sin ganas de luchar, viendo todo negativo, con espíritu derrotista. Esta señora estuvo un tiempo así. Pero tuvo otro profundo encuentro con el Señor. Un día cayó de rodillas ante el Señor en su propia casa, y mientras lloraba, sintió en su alma que una paz empezaba a inundarla y experimentó una fuerza que venía de lo alto, que la fue revitalizando y media hora de profunda oración le cambiaron la vida.
La causa: escuchaba un programa de radio y el predicador estaba exhortando con ahínco en el nombre del Señor a romper cadenas del alma e hizo una oración de liberación de espíritus inmundos. Pues para esta señora esto fue el impulso para enfrentar una batalla dura contra la depresión y de vencer, experimentando una liberación profunda. Ella buscó la manera después de conversar con la persona que predicaba y lo hizo. Se le aconsejó confesarse, ir a misa diariamente por quince días, comulgando siempre, caminar una media hora diaria, dejar ya el color negro de luto cambiándolo por el blanco u otro color suave, e ingresar en un grupo de oración. Cumplió todo, menos esto último. Pero ya en ese otro país, sí encontró un grupo de laicos de un movimiento de iglesia y es hoy una mujer muy realizada.
Todos en la vida tenemos que enfrentarnos a adversidades de diferente índole. Lo ideal es estar preparado, pero el factor sorpresa siempre es una ventaja para el infortunio que nos ataca. Lo primero que uno debe pensar es que no se está solo en esta lucha. Dios está de nuestro lado. El siempre está con nosotros y nunca se irá. Saber que su poder y sabiduría son infinitos y que su misericordia no tiene límites. Lo segundo, sentarse a analizar por partes el problema y estudiar posibles soluciones, tratando de salvar siempre lo esencial. Algunas veces lo único que se puede salvar es la presencia de Dios, (que es lo más importante), la paz interior, la integridad moral, la salud física y lo demás, pues si se perdió, aceptarlo como tal. Tercero, buscar la manera siempre de levantarse, volver a empezar y seguir luchando mientras haya fuerzas y oportunidades. Nunca darse por vencido. Mientras haya vida uno puede siempre estar dedicado a algo que valga la pena. Y si es la pérdida de un ser querido, pues recordar el caso de la señora que hemos citado, cuya fe y oración, la ayudaron a salir del bache existencial en que se encontraba. Ella reconoció que su esposo está vivo con Dios, que la muerte no pudo vencerlo y que él en el cielo intercede por toda su familia y que con Dios ella es invencible.
Monseñor