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Como estatuas de sal


“Vivir en el pasado es como conducir un vehículo mirando por el retrovisor”; un descuido que de seguro traería consecuencias fatales. Si los funcionarios aplicaran la filosofía del “aquí y el ahora”, darían el primer paso para no hacer “más de lo mismo”. Porque cuando leo el periódico, siento un “déjà vu”. Esas noticias en las que se critican, acciones y decisiones de quienes administran las instituciones públicas son una especie de plantilla; el texto no varía, sólo se cambia el nombre de los protagonistas.

En el “manual del buen funcionario panameño”, se señalan las diferentes personalidades de los servidores públicos. Está el que todo lo sabe: dice cómo hay que hacer la cosas, pero si se falla, la culpa es de otro. El inalcanzable: con sus asesores le basta y le sobra. El buena gente: cae bien pero da pocos resultados. El mata raiting: va a los programas de TV y aburre a la audiencia. El juega vivo: “el que entra limpio y sale millonario”. El vidajena: se mete en los asuntos de los demás y no atiende los suyos. El cuentero: siempre está “trabajando en eso”. Y el Estatua de Sal: vive echándole la culpa a sus antecesores o a los gobiernos pasados.

El buen funcionario público se enfoca en el cumplimiento de las responsabilidades propias del cargo y las metas del Gobierno, dedicando el máximo de sus capacidades. Hace lo que la ley le permite. No olvida su deber sagrado de darle un uso correcto y adecuado a los bienes, valores y dineros de los que dispone, por razón de sus funciones. Estará pendiente de que estos recursos del Estado no se dañen, se pierdan o que terceros los utilicen para su beneficio. No le teme a la rendición de cuentas.