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Comprendiendo al adversario político


Arnulfo Arias O. (opinion@epasa.com) / Abogado.

“Ustedes saben que se dijo: ‘Ama a tu prójimo y guarda rencor a tu enemigo’. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores”, Mateo 5, 43-44.

Bien decía el reverendo Martin Luther King que en la era moderna hay que redefinir, simplificar y humanizar el concepto de amor hacia el prójimo y, especialmente, de amor hacia el enemigo. Cierto que no se puede tener apego afectivo hacia quien nos hiere, no se puede sentir gusto y complacencia hacia aquel que busca insultarnos sin razón, asestando golpes en lo personal, olvidándose de que el herido comparte la misma hermandad humana. Pero sí se puede comprender al enemigo y, para lograrlo, uno de los primeros pasos debería ser tal vez buscar en nosotros mismos la razón de esa agresión y de ese odio. ¿Hemos nosotros, en alguna medida, causado esa reacción? ¿Se puede entender o encontrar en nosotros mismos o en nuestros propios actos un motivo que haya generado esa reacción? De ser así, entonces en nosotros también se encuentra el remedio para ese mal. Sin embargo, en el evento de que la agresión no haya nacido por un acto de tal naturaleza y que esos sentimientos de odio no hayan sido fomentados por nosotros mismos, entonces debemos comenzar a entender y conocer al individuo del cual injustificadamente surgen.

¿Qué lo motiva a actuar de esa forma? ¿Qué crea ese disgusto hacia nosotros? ¿Haríamos lo mismo de estar en su lugar?

Buscar la razón de tal comportamiento nos llama inmediatamente a la reflexión y esa búsqueda de comprensión hacia el agresor nos obliga también a hacer un alto y a no devolver agresión por agresión, lo que equivaldría a apagar fuego con gasolina. Se avecinan unas elecciones internas en nuestro partido.

Muchos afilan ya sus machetes rudimentarios y oxidados, porque no conocen o no se les ha enseñado nunca otro camino. Pero pensemos que tal vez la solución a la violencia interna y a las divisiones profundas que dejan estas contiendas no se encuentra en el agresor propiamente sino más bien en el agredido y en su forma de reaccionar.

Si bien es cierto que no nos puede gustar la persona que nos ataca como individuos, si la conducta verbalmente violenta de nuestro adversario no puede despertar en nosotros afecto, si la corriente de su odio nos impide en lo profundo abrigar buenos sentimientos hacia quien injustamente nos ofende, tratemos por lo menos de llegar a la comprensión de su conducta y luchemos contra la forma vulgar, baja, inapropiada y cruda de hacer política que actualmente prevalece; pero no luchemos contra el individuo que, al final y como persona, también es un padre de familia o un hijo; también ha nacido en esta tierra; también es un copartidario.

Abogado.