Con bandera de pendejo
Complejas y diversas son las razones por las que en algún momento todos sin excepción izamos y navegamos con bandera de pendejo. Pero; ¿qué nos motiva asumir una posición que meditadamente es despreciable para nuestros estándares y que constantemente negamos? La respuesta puede estar en la frase de Maquiavelo, “el fin justifica los medios”. Factores disímiles nos inducen hacia este proceder. Indulgencia, trabajo, negocios, amor, odio, guerra, paz, inclusive el miedo; y en fin. El propósito es pasar agachados hasta que la oportunidad sea propicia para el logro de nuestro objetivo (o necesidad) Algunas veces sin embargo la estrategia no funciona y el factor nos arropa imponiéndose por sobre nuestros deseos.
Inmortalizada por una Fábula, la frase o concepto se remonta al Imperio Romano y tiene como referente principal al cuarto emperador de la dinastía Julio-Claudia; “Claudio”, sobrino de Calígula. Sus deficiencias físicas (cojera y tartamudez) lo condenaron a un ostracismo político temporal, lo que le sirvió para salir ileso de las distintas conjuras sobre sus antecesores. Su aparente debilidad e inexperiencia política hicieron que la guardia pretoriana lo proclamara emperador pensando que sería un títere fácil de controlar; lo que no ocurrió.
Cavilando en el 2014, ¿cuántos políticos criollos al acecho no habrán izado y estarán navegando con bandera de pendejo? Muchos diría yo. Pero cada cual con sus razones y factores personalísimos e íntimos. En el grupo de avanzada están los que al igual que “Claudio” previo a su coronación, aparentan ser sumisos, serviles y controlables; haciendo méritos con el Jefe o Emperador de turno y zancadillas a todo posible contrincante, sea éste real o no. Otro grupo esta compuesto por los que conspiran tras bambalinas, sin mostrarse a fondo, casi ausentes pero siempre presentes; usualmente representados por testaferros que se encargan de mantener viva la llama de la tea doctrinal. Así cada individuo con interés en la obtención del poder político (según su nivel) configura su propia estrategia, izando y navegando cuando así le conviene la bandera de su interés.
Pero ¿qué garantiza que el elegido luego de coronado proteja a su mentor? Nada. Es más la historia nos demuestra que ocurre todo lo contrario. Los designados trazan sus propias líneas, todas hacia el norte, sin mirar atrás y menos lateralmente.
Hasta el año 2000 y desde 1928, los Presidentes de México (empotrados) escogían y determinaban a su sucesor en el cargo, pensando que la lealtad del elegido para con él estaba absolutamente asegurada. Craso error. No hubo un solo caso de lealtad acrisolada. En Panamá, Pérez Balladares impuso a Martín Torrijos como candidato en las elecciones de 1999, y aunque no ganó en ese año, el desenlace de su relación es conocida por propios y extraños.
*Administrador de Empresa.
Profesor Universitario.
