Con la voz de la conciencia
Un aforismo muy popular dice que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Ese tipo de sordera voluntaria es típica de los malos políticos. Los buenos, se anticipan y escuchan todo, antes que se lo digan. Los mediocres no quieren oír críticas, pero hacen lo imposible para que su red de asesores escuche lo que dicen por ahí y creen sólo lo que le arriman a la oreja buena, en este caso, la derecha, aunque sea exactamente lo contrario a lo que se dijo, se vio o se escuchó.
Los gobiernos están integrados por cuatro clases de personas, en diferentes proporciones: 1- Por malos políticos que son buena gente. 2- Por mala gente que son buenos políticos. 3- Por malos políticos que además son mala gente y por último: 4- Por buena gente que son buenos políticos.
La segunda categoría la conforman apóstatas del “anciene régime”, malos empresarios con negocios turbios y charlatanes sin diccionario. La tercera, tiene nombre y apellido, pero el ejemplar no está en Panamá, vive en La Santé de París. En la cuarta, habría que consultar los manuales de historia patria. A este gobierno, con gente de la primera categoría, le urge hacer limpieza y apertrecharse de políticos con experiencia, dispuestos a ver la realidad tal como es y no como desean que fuera. Eso evitaría cometer errores de interpretación y de hecho.
Aceptar la realidad es indispensable para no caer reiteradamente en situaciones absurdas y bochornosas. Las cosas, casi siempre tienen sus causas. Sugiero, eso sí, dejar de escuchar las sirenas asesoras republicanas, pues han demostrado, sobradamente, que son inútiles para construir consensos legítimos y duraderos. Para ellos la política es para hacer negocios.
En Bocas del Toro la gente pobre, lo único que ha aprendido en su trabajo es que “la pelea es peliando”. A los obreros bocatoreños -ni a mí tampoco- nos gustan los chorizos rellenos de leyes surtidas, por más que los vendan como “éclair au chocolat”. Los sindicatos y los obreros actúan por acto reflejo. Saben, y no se equivocan, que los gatos no pueden hacer leyes para ratones. Los diputados del cambio, si fueran buenos políticos, antes de legislar, debieron haberlo anticipado.
Señores críticos antisindicalistas, no inventen fantasmas. Sólo existen en la imaginación infantil y en las conciencias culpables. Las injusticias sociales no las inventó Chávez, ni las solucionó Uribe. Existen desde antes del 3 de noviembre de 1903. La lucha de clases no termina cuando todos seamos ricos, sino cuando dejemos de producir injusticias. La “libre competencia” es una furibunda lucha de clases capitalista, librada por el deseo natural de controlar el mercado y como en toda guerra, en un tratado de paz -en este caso de “libre comercio”- las reglas las impone el poderoso. El que quiera escuchar, que primero oiga la voz de su conciencia. Tal vez tampoco le guste, pero por ahí se empieza. Por escuchar para entender.
