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Concepción de la ética y la simpatía


Paulino Romero C. (opinion@epasa.com) / PANAMA AMERICA

Se ha dicho ya que una filosofía no puede ser comprendida sino en conexión con las demás creaciones culturales de la época en que se produce, justamente porque la Filosofía es la expresión culminante de una época; es aquella creación del espíritu en que más auténtica y agudamente se encuentran representados los rasgos culturales de una época. Así, podemos decir que la Ética es aquella parte de la filosofía en que el valor de representación histórica se hace más inmediatamente patente.

En la Ética se expresa lo que el hombre piensa de sí mismo y lo que el hombre espera del hombre. Y así podemos descubrir, a lo largo de la historia del pensamiento, éticas que exaltan y éticas que limitan y constriñen; unas que son propulsoras y otras que son ascéticas; unas geométricas y otras sutiles; unas rigoristas, dogmáticas o revolucionarias; y otras descriptivas, optimistas o acomodaticias. Cada una corresponde, por su carácter, y de un modo más o menos manifiesto y complejo, a una peculiar situación vital del hombre.

En tanto la Simpatía, ¿qué es, de un modo más preciso, la simpatía? Para José Ingenieros, simpatizar es comprender.

“La simpatía es un secreto ritmo que pone en comunión los sentimientos, sin causa perceptible, anticipándose a toda reflexión sobre la conveniencia de la intimidad. Es confianza de ser comprendido; es deseo de serlo. Simpatizar con alguien, implica entregársele en alguna medida, sin temor a la deslealtad o a la traición”.

Pero hay algo más todavía: aparte de lo que pueda significar una intuición afectiva, la simpatía no es inmediata. Simpatizamos con el dolor o el placer ajenos, no por una comunión de los afectos del otro, sino porque nos damos cuenta de la situación en que se encuentra, y juzgamos sus sentimientos y emociones adecuados a la situación. Así, pues, la simpatía no surge de la percepción de los sentimientos ajenos, sino de la percepción de una situación; y, al percibirla, nos ponemos en lugar del otro, y compartimos con él su placer o su dolor.

La capacidad de ponerse en el lugar del otro, en que fundamentalmente consiste la simpatía, y que tiene un sentido tan moderno, es, a la vez, la fuente para el conocimiento de sí propio.

No podemos inspeccionar y valorar nuestros propios sentimientos sin salirnos de nosotros mismos. Conocemos primero a los demás que a nosotros mismos, y tan solo somos movidos a observarnos porque pensamos en el efecto que podemos producir en los demás.

Pedagogo, escritor, diplomático.

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Lunes 17 de agosto de 2026