Conflictos enchorizados
No sabemos si los motivó la pereza, o si subestimaron a sus adversarios. Claro está que no fue un acto de genio el enchorizar –con perdón de la Academia, pero los hechos obligan a usar el verbo– en una sola ley las reformas a 3 códigos nacionales y 6 leyes, modificando de manera sensitiva materias que no guardaban ninguna relación unas con otras. El soberano desprecio hacia los que piensan distinto, no les permitió entender a los estrategas de la política legislativa que hay que conversar y consultar los cambios que se plantean llevar a cabo con las diversas expresiones de la sociedad organizada. La conversación y la consulta son necesarias para generar respaldo y consenso respecto de cambios en las reglas del juego, preocupación que todo gobierno democrático carga día a día. Una ciudadanía fragmentada en intereses y perspectivas parciales, no integradas en una visión compartida de nuestro mejor destino como nación, ha comenzado a unirse en torno al rechazo del nefasto embutido legislativo. En el fondo, el gobierno rehúsa cumplir con su rol integrador de los intereses legítimos de los distintos grupos sociales mediante un proceso político que refuerce las instituciones y amplíe la base de consensos políticamente organizados. En vez de eso, tenemos ahora que ambientalistas y sindicalistas rechazan la misma ley; los universitarios y la jerarquía eclesiástica se han pronunciado en contra de este modo de andar del gobierno; y abogados y periodistas se suman a la misma lucha, pero en defensa del Estado de Derecho.
