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Consejos a un joven político


Hace poco me sorprendió el joven Gerardo Barroso pidiéndome que fuera su asesor político. Barroso fue candidato a diputado en las elecciones pasadas, y perdió. Pero ahora, con la fogosidad que da la juventud, quiere volver a ser candidato en las próximas elecciones, y con ese propósito me pide que lo asesore.

Le contesté a mi joven amigo que no podría por muchas razones, pero sobre todo por cuestiones de tiempo. No obstante, su solicitud me dejó pensando; y ahora quiero decirle algunas cosas que no le dije antes.

Me dio la impresión de que el joven Barroso, por inexperiencia, ve la política como un arte fácil y divertido; y en esto está bastante equivocado. La política es tal vez el arte más complejo y difícil de aprender y de aplicar exitosamente. Y además, en el fondo, es muy sucia. (Alguien observará que la política no es sucia, que los sucios son los políticos, bueno, es posible, continuemos).

Podría llenar páginas con mis experiencias, pero voy solamente a hacerle al amigo algunas observaciones. En nuestro tiempo, la política (especialmente la electoral) es muy costosa. Los pobres no pueden aspirar al triunfo; y al final, recibirán la derrota y grandes decepciones. Si no es hombre de capital fuerte, es mejor que se dedique unos años a ver cómo se desenvuelven los acontecimientos; aprenda y asimile experiencias.

Le cuento una anécdota. En 1964 me desenvolvía en un cargo diplomático en Río de Janeiro, Brasil. Yo era muy joven; estaba casado; tenía una hija recién nacida. Era, como diría García Márquez, “feliz e indocumentado”. Y un buen día me entró el gusanillo de la política; y, por medios familiares, conseguí que me postularan a un puesto de elección en el Partido Liberal. Y dejé aquel ambiente paradisiaco para venir a una campaña electoral en la que no podía resultar ganador. Y perdí rotundamente. ¡Cómo hubiera agradecido que alguien con experiencia me hubiera hecho desistir de un propósito tan descabellado¡ En esas elecciones perdí todos mis ahorros; y hasta lo que no tenía. Microscópicamente hablando, quedé como Bush en Irak, al suponer que invadiría ese país, derrocaba al dictador Sadam Hussein, instalaba una democracia, y tres meses después regresaba a Estados Unidos como un salvador del pueblo iraquí. ¡Y no hubo manera de que desistiera de semejante estupidez¡

Pero le cuento esto al joven Barroso para que medite, y espere a que le llegue un momento más propicio, antes de sumergirse en las fangosas aguas de la política. ¡Ahórrese muchos dolores de cabeza, dinero y tiempo, que son tan valiosos¡ Termino recordándole una anécdota que me sucedió con un viejo político chiricano, muy sabio, quien me recomendó: “Si vas a unas elecciones, que sea para ganar, porque para perder están los pendejos”…