Corregir sin maltratar
Corregir es diferente a castigar. Quien corrige espera cambiar, a través de una actitud pacífica y firme, una conducta negativa por una positiva, mientras que el que castiga reprime de forma agresiva, olvidando que la violencia trae más violencia. Conviene recordar que la educación de las nuevas generaciones y, por ende, el futuro de la humanidad, está en manos de los actuales padres y maestros.
Muchas veces los adultos desatan su ira sobre los niños a manera de chivos expiatorios.
Ellos padecen la agresión que el adulto ha recibido y no ha podido impedir.
Las mujeres maltratadas por sus maridos y amantes, humilladas y despreciadas, hacen recaer su odio sobre los niños. Los maridos y amantes maltratados en trabajos mal remunerados, humillados por los jefes, hacen, a su vez, recaer su odio sobre mujeres y niños.
La policía, que no siempre puede enfrentarse a los adultos, concentra la rabia de su frustración sobre los niños callejeros y delincuentes. Los niños son, pues el último eslabón en una cadena de agresiones.
La sociedad no entiende que con esto desarrolla en el niño un miedo y una dependencia inmensa hacia quienes lo maltratan.
Obedecen ciegamente a los padres cuando están presentes y se adhieren a ellos como único medio de prevenir el maltrato, a pesar de ser los seres a quienes más odian.
Al no poder expresar este odio, lo descargan en sus hermanos menores. Toda esa carga de rabia es después depositada violentamente en sus propios hijos y esta cadena de maltrato y violencia no parece tener fin.
(Aporte de la Comisión de Valores del Club Rotario de Panamá).
Marisín Villalaz de Arias
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Médico-Rotaria