Corrupción policial
La introducción de armas de fuego, drogas, licor y otros elementos incompatibles con la disciplina carcelaria plantearon al principio diversos enigmas, que, después, poco a poco se están aclarando. Los familiares de los presos, abogados penalistas y visitantes de organizaciones no gubernamentales son revisados prolijamente, a veces con intolerables manoseos del cuerpo femenino, antes de ingresar a los presidios.
En la relación de los descartes de personas próximas a los recintos carcelarios quedan los custodios civiles y los policías de seguridad. Los indicios apuntan al señalamiento de elementos policiales en la introducción de armas de fuego de diversos calibres, además de cocaína y marihuana.
Las autoridades del Ministerio de Seguridad del actual gobierno han enfrentado y continúan enfrentando delicados problemas por la constante repetición de choques armados entre miembros de pandillas privados de libertad en los presidios del país. Las requisas de armas son deliberadamente insuficientes y más parecen simulacros de inspección dado que los autores del tráfico y los vigilantes policiales son los mismos.
Madres y compañeras de los presos niegan su participación en el infame contrabando, ya que es absurdo que sean proveedoras de algo que pueda culminar en balaceras que desembocan en la muerte o en el entorpecimiento de las mentes de los reclusos. A pesar de estos testimonios significativos, el ministro de Seguridad, Rodolfo Aguilera, no los toma en cuenta y permite que continúen policías en un falso resguardo. Se ignora si hay policías investigados o procesados por lucrar a costa de la depravación de los privados de libertad.
Mientras lo que se denomina sistema carcelario se cae a pedazos por las balaceras entre las bandas, el ministro anuncia la sublime idea de colocar brazaletes electrónicos en las muñecas de los convictos para ubicar su paradero. Pero los presos conocen al dedillo dónde están las personas amenazadas de extorsiones y secuestros y los negocios que pueden asaltar, bajo actos planificados desde La Joya y La Joyita.
La imaginación kafkiana nos induce a percibir que quizás nosotros somos los prisioneros y ellos son los libres para delinquir a sus anchas. Las calles están salpicadas de la sangre de víctimas cotidianas de asesinatos planeados en las cárceles.
Sin cárceles, sin vigilancia policial, los delincuentes tienen el control de los presidios. Fabrican armas blancas a profusión, utilizan celulares para filmar reality shows, caminan por los tejados armados hasta los dientes, se comunican con sicarios, compinches y quienes les pela la gana a la vista y paciencia de los policías corruptos. El sistema resulta una triste y cruel parodia que los contribuyentes financiamos. ¡Nunca hemos caído tan bajo en la degradación moral de los presidios!
Ante la magnitud de la crisis, las autoridades adelantaron la apertura de la nueva cárcel de La Gran Joya, programada para iniciarse el año entrante. Construida durante el gobierno de Ricardo Martinelli, la nueva cárcel cuenta con agua potable, electricidad, celdas modernas, que deben mejorar la situación de los reclusos abrumados por la carencia de servicios básicos de higiene y salubridad.