Corrupción y desmoralización ciudadana
Panorama de la vida urbana en Panamá… Al ingresar a los barrios bajos de las ciudades de Panamá y Colón, un ambiente de recelo invade el ánimo y nos coloca en presencia de un mundo muy diverso. La gente nos mira con no disimulada animadversión. Cuando disputa la gente de la clase baja irrumpen los vocablos más ofensivos y ruines del léxico arrabalero. Por doquier se adivina un pulular de malos instintos, una atmósfera saturada de grosería, una intención de causar el daño a los demás.
Muchos de estos barrios bajos presentan una reconocida peligrosidad; son las zonas del jolgorio nocturno, del consumo de droga, los lugares de cita de los vecinos impenitentes y de las alegres mujerzuelas. Otros, abatidos por el hampa, representan fácil guarida a maleantes y rateros; en sus tugurios se planean los delitos contra la propiedad y la vida. La mayor parte de los crímenes de sangre tienen por teatro estos sórdidos ámbitos que ciñen la periferia de nuestras grandes urbes.
Empero, no escapan a la corrupción urbana las capas superiores de la sociedad. Allí el ocio y la dorada despreocupación de los hombres constituyen incentivos para el vicio, la intriga y el santuario derroche de los dineros. El juego, la bebida y, en el mejor de los casos, la fiebre del lucro inmoderado, ocupan aquellas existencias vacías de noble contenido espiritual.
La mayor perversión del hombre y la mujer de las ciudades se debe a un complejo de factores entre los cuales su mayor grado de ilustración es, apenas, un elemento concomitante. Dentro de ese complejo de circunstancias juega papel de la mayor entidad el recrudecimiento de la lucha por la vida. Ya lo expresó Le Dantec: "En los medios amplios y generosos el hombre será un amigo del hombre; en los medios precarios y reducidos el hombre se tornará en enemigo del hombre".
La ciudad es una aglomeración de seres humanos dentro de un área reducida de territorio. Nadie produce directamente una pequeña porción de lo que consume. Es preciso que cada ciudadano y que cada familia vaya a buscar al mercado lo que le es indispensable para la subsistencia. Pero los productos llegan a la ciudad de los campos de producción (o importados del exterior) ya recargados en su precio inicial y llegan a la despensa familiar todavía más recargados por el lucro de los nuevos intermediarios.
Lo mismo que ocurre con los víveres pasa con las habitaciones, con los vestidos, con los transportes, con los espectáculos, con las medicinas, con los servicios profesionales y, en general, con todos los elementos de la vida. De esta manera se va intensificando una pugna de intereses, de ambiciones, de competencias y de forcejeos que engloba a la totalidad de los ciudadanos y los lleva a asumir posiciones defensivas u ofensivas hasta convertirse la ciudad en un campo de lucha de todos contra todos.
Los que tienen más no quieren ceder nada a favor de quienes tienen menos. Los que tienen menos reaccionan buscando el perjuicio de quienes tienen más. Todo ello ocasiona el que los ánimos se amarguen y envenenen de recíproca animadversión y que, bien pronto, se plantee la lucha de clases, estimulada por politiqueros y demagogos sin conciencia, que descubren la inconformidad, ambiente para un campo de explotación lucrativa. Al lado de este factor de perversión ciudadana, existen otros de no escasa importancia: la miseria del hampa y la abundancia de las altas clases económicas operan, en sus respectivas esferas, en sentido hondamente desmoralizador.
*Pedagogo, escritor, diplomático.