¡Crisis de la educación y del Ifarhu!

Por: Redacción 30/10/2017

Ya nadie discute que la verdadera riqueza de una nación está en sus recursos humanos, es decir, en su gente. En verdad, por grande que sean sus recursos naturales, estos permanecerán improductivos mientras no se formen personas preparadas para hacerlo rendir. Al revés, un país puede ser pobre en recursos naturales (como es el caso de Israel) y alcanzar, sin embargo, un alto nivel de vida para su población si esta se capacita debidamente para desempeñar con eficiencia las múltiples actividades y complejas tareas de la vida social y económica moderna.

Países hay que la naturaleza dotó pródigamente, pero viven y seguirán viviendo en la miseria, mientras sus pueblos no se liberen del enclaustramiento de la ignorancia. Aquellos, en cambio, que llevan una vida próspera, pobres o ricos en recursos naturales, son, sin excepción alguna, los que tienen una población educada.

Casos tan distintos como los Estados Unidos de América, Japón, Israel y Alemania muestran que los frutos de cualquier sistema solo maduran en la medida en que la educación se extiende a las masas del pueblo y facilita el cultivo de todos los talentos que requiere la vida de la sociedad. Estas son verdades –repetimos— que ya nadie discute. Y si la educación, o como dicen los economistas, el desarrollo de los recursos humanos es requisito indispensable para el aprovechamiento de los recursos naturales y para el aumento de la productividad, ella lo es, también, para el más pleno desarrollo de la persona humana.

La historia de la humanidad en el siglo pasado ha puesto palmariamente de relieve las relaciones dinámicas que existen y siempre han existido entre la educación y el progreso de la sociedad en todos sus aspectos. Los efectos de esta comprensión se manifiestan de manera inequívoca en las nuevas orientaciones de la educación y el desarrollo de los pueblos, sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial.

Estas verdades tienen en Panamá un carácter de urgencia imperativa. Todos los sectores de la ciudadanía han tomado conciencia de la necesidad inaplazable de un gran esfuerzo nacional para definir y realizar una verdadera política en materia educativa. Si realmente nos preocupa el futuro de la nación panameña, de aclarar su proceso de desarrollo, de responder al compromiso moral y ético y a la deuda de justicia que Panamá tiene contraído con sus cientos de miles de niños y jóvenes, debemos encarar con decisión y rapidez problemas tan graves y complejos como la existencia aún de un alto porcentaje de analfabetismo.

Mantener en las escuelas hasta que reciban un mínimo de educación general y de formación vocacional a todos los niños; ofrecer a todos los jóvenes capaces la posibilidad de continuar estudios de acuerdo con las necesidades de la realidad cultural, social y económica del país (función para la cual fue creado el Ifarhu, que no para politiquería), y el adaptar la estructura y la orientación de nuestro sistema educativo y la administración y gobierno de nuestros servicios escolares al cumplimiento de esos fines y a las exigencias y perspectivas de nuestro desarrollo como nación.

Lamentablemente, hemos perdido los últimos 15 años (2002-2017), improvisando y malgastando miles de millones de dólares en el sector educativo, mientras tanto, el Estado panameño sigue en deuda con la educación que, para este siglo XXI, reclama Panamá.

*Pedagogo, escritor, diplomático.

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Lunes 13 de julio de 2026