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Crisis ministerial


La reciente irrupción de escándalos en el Ministerio Público no sólo produce alarma y decepción sino que pone en evidencia los alcances del narcotráfico y el estado de descomposición social al que algunos malos ciudadanos han llevado al país. Donde quiera que uno toca, sale pus. Nos han sumido en una miasma maloliente.

Algunos y algunas fiscales cuya misión es la de investigar delitos, desenmascarar y lograr el castigo de los malhechores, vienen ahora a convertirse en delincuentes.

Más patética no puede ser la situación cuando una fiscal, una vez cometida una grave fechoría, solicita, por haber cumplido con el encargo según instrucciones recibidas, y conforme a vergonzosa confesión, que la trasladen para no tener que volver a protagonizar otro delito.

Doloroso es decirlo, pero desafortunadamente nuestro sistema de administración de justicia requiere urgentemente ser sometido a una severa purga esperanzadora de mejores tiempos.