Criterios sobre la Iglesia, la familia y la sociedad
En estos tiempos en que tanto se habla de culpas, perdones, y confusiones en el comportamiento humano tanto de la Iglesia como de la sociedad, creo que en alguna forma, se está perdiendo la esencia de los problemas que nos agobian. Es muy fácil dejar crecer los males sin dedicarnos a atacar los principios o raíces que pueden hacer una sociedad más justa, más equitativa, más comprensiva, más generosa y menos corrupta.
Castigar al final del camino las fallas que todos contribuimos a crear, es fomentar cargos de conciencia ocultos, pero fuertes y trascendentales, sin solucionar el problema. Formas de conducta, negocios, salud o moral podrían manejarse en forma más convenientemente humana si todos participáramos más en el compromiso de educar, conscientes de las consecuencias que ello conlleva sobre una vida mejor o peor.
Pongo como ejemplo el problema que encara la Iglesia, la política, la familia y toda la sociedad con el aborto. En mi humilde opinión, el aborto es un problema que no se refiere solamente a los derechos legales de la mujer y la criatura por nacer, no se trata del hecho consumado de una preñez indeseada, ni de un niño concebido sin esperanzas ni amor; se trata de una situación real que debe ser presentada a los jóvenes con conciencia razonable de todas las consecuencias de un acto trascendental y a la que todos deberíamos comprometernos responsablemente por cuestión de unidad y de ética. Una saludable actitud de prevención no trasciende sólo en el uso de preservativos. Debe ser el producto de una formación más moral que física que debe dar la familia, la Iglesia, la escuela, los medios de comunicación y todo el entorno donde convive el niño, el adolescente y el adulto para entender la proyección humana que tiene truncar incipientes e indefensas vidas o traer al mundo niños sin esperanza de amor o del material que garantice una vida digna.
Una participación más directa de la familia, la Iglesia y la escuela, saliéndose de los muros y los atrios contribuiría a un cambio más efectivo de la sociedad.
El ritual escolar del timbre de entrada y salida, las notas y los porcentajes de fracasos, las huelgas y paros en educación, no son todos los indicadores de buen provecho en la educación, como tampoco lo es la inclusión de una asignatura de educación sexual que se califique del 1 al 5. La escuela tiene que proyectarse no sólo en lo académico, tiene que moldear también lo humano, lo cívico, lo moral, inculcar las bases de la salud, la economía, la tolerancia, el amor y la paz. Igualmente, la Iglesia debería participar más en la vida del mundo práctico de la calle. El ritual de lo eclesiástico es hermoso y necesario pero muchas veces no se adentra en forma consistente al fondo del sufrimiento, la ignorancia y la miseria humana. Si la Iglesia estuviera más presente en los hogares, ricos y pobres donde crecen y agonizan seres de cualquier nivel social, asumiendo un rol de amor y de salvación (sin caer en motivo de censura por intromisión de interés adoctrinador); si hubiese más participación en los campos y parcelas agrícolas, en la cancha de juegos, en la piscina, y por qué no, en las discotecas y otros centros de diversión para llevar la luz de igualdad y fraternidad que nos enseñó Jesús, tendríamos un recurso más para educar mejor a nuestra sociedad.
Asimismo, podríamos afrontar y guiar los problemas asociados con la homosexualidad y otros más, resaltando más la inclinación del pensamiento y valores que la inclinación sexual del individuo... Nos hemos enfrascado en asuntos superficiales que no pertenecen al alma, olvidando la esencia del cerebro y el corazón en aspectos mucho más trascendentales como lo son el respeto, tolerancia, honestidad, educación para el trabajo, nutrición, cuidado del medio ambiente, el tiempo y la atención general que merecen nuestros niños.
Hemos estado viendo cambios conceptuales y prácticos favorables al mejoramiento y comprensión de los problemas sociales, pero aun es necesario coadyuvar con toda la fuerza de voluntad, con fe y esperanza para cambiar la metodología en la manera de afrontar problemas tan serios como son la salud o la terrible humillación de la miseria humana, los cuales no dejan de ser las raíces del vicio, de las drogas, el aborto, y de muchos otros males de la sociedad.