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Crucereando el Caribe

Por: Redacción 11/03/2017

 

Merecido paréntesis del diario quehacer, acompañados de 7,000 y pico de almas, en su mayoría pálidos forasteros norteños escapando el crudo invierno, la nieve y las tristes, nubladas y cortas jornadas de la temporada. Son siete días de un escape que quisiéramos fuesen permanentes, mimados por colas de langostas, risueños espectáculos y una envidiable cátedra de servicio. Ordenadamente, cual fila de cadetes en academia militar, nos registramos en el puerto de Fort Lauderdale el domingo en la mañana para abordar la nave Allure of the Seas, el mayor crucero jamás construido. Nos sonríe, relucientes dientes blancos y penetrantes ojos azules, la guapa rusa Svetlana quien nos entrega la tarjetita que nos servirá como llave de nuestro camarote, documento de identidad y tarjeta de crédito durante la próxima semana.

Mientras terminan de acomodar nuestras habitaciones, somos invitados a almorzar en el más grandecito de los 24 restaurantes. Fijando la mirada en los gafetes de los dependientes para tratar de adivinar sus países de origen, se acerca Marianela Villarreal, encargada de bebidas, panameña de las tierras altas chiricanas. Le hago un gesto de llamado, entregándole en lugar del carné de identificación, mi cédula de identidad personal, logrando confundir por breves segundos su atención hasta que felizmente nota que se encuentra en compañía de un compatriota. Narra Marianela sus quehaceres, ardua labor y la esponja de conocimientos que son sus Naciones Unidas, sus compañeros, que la han convertido en un ejemplo de servicio que tanta falta nos hace en Panamá.

Agradable sorpresa nos espera en nuestro camarote al ser recibidos con un saludo en impecable inglés por el que será nuestro mayordomo, Harold Brooks, gentil morenito, oriundo de Bluefields, allá en el Caribe nicaragüense, donde saboreé suculentos langostinos durante la instalación de torres celulares de Nicacel en la década de los 90. Mantuvo el impecable orden a lo largo de nuestra jornada, aprovechando un respiro diario para departir sobre su vida a bordo y sus momentos de ocio. Cero quejas, contento con su trabajo y la rara oportunidad de conocer el mundo a través de viajes y de vivencias con sus compañeros.

¿Cómo hacemos para convertir a Panamá, de frontera a frontera, en una experiencia símil a un crucero caribeño de Royal Caribbean? Obviamente, lo hacen muy bien, a través de un sesudo entrenamiento de un año de duración. Así me narró Hairul Anwar, joven de Jakarta, Indonesia, quien se encuentra en su segunda semana de trabajo, posterior a su graduación y firma de contrato por ocho meses, posterior a los cuales retornará 3 meses a su país antes de firmar un nuevo contrato. Hairul comparte su habitación con otro tripulante, de Jamaica. Labora 8 horas diarias, encargado de entrega de toallas en el área de piscinas. La rotación a diferentes responsabilidades le convertirán prontamente en un experto en diferentes actividades. Los tripulantes gozan de la misma comida que los pasajeros, pero se mantienen envidiablemente delgados y sanamente afables. No encontré a ninguno con cara de pocos amigos o de difícil trato.

En la educación y los buenos hábitos se encuentra la diferencia, pero en Panamá nos corresponde ir más allá. Existe la sensación de que nos engañaron. La corrupción endémica dentro de todos los gobiernos republicanos resulta ser nuestro tema vertebral. Acertadamente Odebrecht ha descorchado una caja de Pandora imposible de cerrar, la apropiación de recursos públicos por forajidos afecta y agota a la ciudadanía. Es un engaño y un abuso. Resulta entonces un fenómeno de hartazgo, de cinismo, y contra el cinismo no hay vacuna. Tenemos mucho trabajo por delante. ¿Cuándo empezamos?

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