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Cuando había respeto...


Hace algunos años los niños  sabían que   era una falta de respeto interrumpir mientras los mayores conversaban. Alzar la voz a la madre o al padre era suficiente para recibir tremendo regaño.

 

Llegar a la casa pasada la hora acordada con la jefa del hogar era casi una ofensa, aparecía en la distancia una correa de cuero o  ese rejo que se utiliza para pegarle a los caballos.

En ocasiones no era necesario utilizarlo, solo bastaba la mirada del padre o la madre  para saber que se había cometido una falta.

Las groserías no eran admitidas. Los “buenos días”, “por favor” y “sí señor” no eran opcionales, eran obligación y significado de respeto.

Los oficios de la casa eran compartidos y cada quien debía cumplir con las reglas del hogar. Sin importar las carencias económicas,

Se aprendía que la honestidad estaba por encima de los bienes materiales.

La disciplina en los estudios permitía portar una cinta tricolor para las fiestas patrias y los tiempos para jugar empezaban cuando terminaban las tareas.

La declamación y la oratoria eran un privilegio. Nadie pensaba en los juegos de videos, se corría en el parque y se jugaba con los vecinos. No había malicia, las puertas de las casas podían permanecer abiertas y no existía temor de que sucedería algo. 

Era un asunto de formación y valores.

La historia ha cambiado años después. Muchos adolescentes y jóvenes se refugian en las pandillas para sobrevivir y aprenden en la calle lo que no le enseñan en su casa.

Sus hogares están desintegrados y la disciplina no existe. En algunos casos son los abuelos los que  asumen esa responsabilidad. 

Cuando se abandona la educación de los niños y niñas solo hay que esperar lo peor. Muchas de las balaceras y crímenes que ocurren en el país son cometidos por menores.

La represión es solo la medicina que alivia la maldad, el problema es crónico y empieza en el hogar. Triste.