Cuando la educación no tiene sentido
Dialogando con algunos colegas, profesores de universidades, sobre el tema de la educación en Panamá, se me advertía por parte de una distinguida magistrada del Tribunal Superior de Familia, que ella había podido advertir que los muchachos se matriculan en tal o cual carrera, en no pocas ocasiones, por razones muy superficiales o baladíes. Entre ellas: “Mi papá es abogado”, “Mi mejor amiga está estudiando esta carrera”, “Mi mamá me dijo que en esta carrera me iría muy bien”, etc. Lo cierto de esta triste realidad es que denota cómo nuestros egresados de las escuelas secundarias ingresan a las universidades sin tener bien claro el norte profesional o intelectual al cual aspiran.
Resultado de ello: ausencia casi total de orientación o encauzamiento de esos muchachos y muchachas en los planes y programas de estudios universitarios. Estamos, a nivel de la educación, carentes de una política educativa que dé respuestas serias a estas preocupaciones. Los estudiantes que se gradúan de la secundaria se asoman a las ventanas del conocimiento universitario sin tener siquiera bien claro asuntos tales como: vigencia, necesidad y actualidad de la profesión; oportunidad de empleo; saturación de esa profesión en la plaza laboral; etc.
Me comentaba mi interlocutora que suele tomarse el tiempo, cada vez que inicia un año académico, para preguntarles, uno por uno, a los muchachos que atiende por qué eligió la cerrera de Derecho -como profesora de Derecho que es- y que en cierta ocasión, en un salón de más de una veintena de estudiantes, solamente dos alumnos le respondieron que ellos sí tenían la convicción por el estudio de las leyes y que el resto daba muestras de quererse retirar o graduarse para dedicarse a “otra cosa”. Y pensar que se trataba de estudiantes del último año de la carrera. Cierto y decepcionante, al mismo tiempo, el escuchar esta triste anécdota.
En lo que respecta al Estado, esto tiene para él costos y consecuencias deplorables. Las estadísticas podrán indicar que contamos con tantos médicos, tantos abogados, tantos ingenieros, sociólogos, maestros, etc., y de pronto todo ello puede ser un espejismo. Explico: pues resultará que no pocos ingenieros, no pocos abogados ni pocos otros profesionales, nunca han ejercido ni ejercerán tales carreras y ya es advertible encontrarlos realizando cualquier otro trabajo pero menos la carrera o profesión que escogieron para estudiar. Toda una inversión hecha por los padres y por el Estado, con un fruto cuyo único nombre podría ser “frustración” o “haber perdido el tiempo”.
El Ministerio de Educación y los colegios, sus profesores y directores, tiene que prestar atención a este asunto. Podríamos estar arando, trillando, en la arena, en el mar. Esos jóvenes demandan atención, orientación, sentarse con cada uno de ellos y hacer exámenes introspectivos y de perspectivas de vida, de anhelos, de sueños, de metas.
A veces no es que se hayan equivocado en la elección de la carrera, sino que, como me expresara la magistrada docente, atinada su opinión, resulta que aún no han captado el sentido y perfil de la carrera adecuándolos a sus propósitos y metas.
