Cuando las palabras echan a volar
Saramago superó las intermitencias de su propia muerte y entró en ella como quien entra a la casa solariega. Lo hizo con la misma curiosidad de sus años juveniles, cuando recorría sin brújula las calles de Lisboa. Digo que entró en la muerte como quien entra en su casa porque allí no es necesaria luz alguna y la oscuridad que suele reinar en el Estigia es similar a cuando el escritor niño se sumergía en las aguas del Tejo. Y si la muerte no vino a él es porque la Parca tiene un fino sentido estético. Respeta a los taumaturgos hasta que al negociar por sus maravillas, abre la puerta y los invita a entrar.
Saramago penetró en la negra inmensidad como un antiguo caballero portugués. Se despidió de Pilar, su mujer, con un suave apretón de manos, en silencio, que es la forma de hablar cuando las palabras se echan a volar. Así se fue José de Sousa, por broma registrado Saramago, el nombre de una hortaliza. Tal vez sea el último escritor comprometido con su mundo. Un soñador despierto en pos de una vida mejor y más bella para todos. Veía con sus ojos tristes, un mundo más humano y menos sórdido que éste, creado a imagen y semejanza de un dios taciturno, caprichoso y enigmático al que nunca le dio tregua.
El mundo de Saramago fue, y aún es, un mundo de símbolos, de palabras y de opiniones, que unas veces fluyen profundas y apacibles como el Tejo, y en otras con el ardor del Flegetonte por el Hades. Palabras sencillas, que llaman a las cosas por su nombre. Palabras que el maestro toma como el gemólogo toma las piedras preciosas, las examina, las cataloga y les da valor. Palabras que al sacudirlas con la dulce entonación de su voz, suenan melódicas y nostálgicas, como un fado.
La muerte nos abraza a todos y se planta allí, frente a nosotros, misteriosa y terca. Contrario a lo que piensan, dicen y escriben los profanos de la vida, los que no se han detenido a ver morir, ni han sacado provecho de ese instante, la muerte no es una siniestra dama devoradora e implacable. Se presenta con la misma pasividad envolvente de los crepúsculos. Basta una vaga sombra para cambiar los colores del celaje. No hay dos muertes, ni dos atardeceres iguales. Así es ella, con voluptuosa elegancia escoge de entre sus elegidos, aquellos a quienes deja viva su memoria para que se los recuerde en el día preciso del natalicio de su muerte.
Cuando los grandes hombres cruzan con Caronte el río Estigia, la historia de la humanidad se enriquece en la misma medida que se empobrece el mundo. Saramago entró en los aposentos de la muerte, pero ésta sólo se llevó al hacedor de las palabras que el sabio maestro quiso que echaran a volar. Las otras, las nuestras, quedarán aquí para siempre.
