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Cuando los pueblos se cansan


Es difícil saber cómo piensa el pueblo. Los políticos creen haber descifrado el enigma y atribuyen al pueblo cualquier ocurrencia por más disparatada e increíble que sea. Hablan en nombre del pueblo. Creen ser parte del pueblo pero son parte del poder, aún en oposición o en minoría. No hay dictador, ni pichón de tirano, que no se crea portavoz del pueblo. El poder en democracia -sistema que Churchill definió como el más imperfecto, exceptuando todos los demás- descansa en la representación de intermediarios electos que deciden por el pueblo y administran sus bienes.

Así vemos que en esta época de azar e incertidumbre se acude a las encuestas y quienes descifran sus códigos encriptados, vaticinan el sentir del pueblo. De modo que en un puñado de personas seleccionadas por el azar o el sesgo, descansa la opinión ciudadana. Aunque en los presupuestos del método no se incluya el prejuicio del intérprete.

El pueblo expresa claramente su pensamiento en dos circunstancias específicas: cuando opina votando y cuando cansado de tanto padecer se convierte en masa. Quienes creen que el pueblo se expresa en las encuestas, se equivocan. Una de las características de la opinión pública es su volatilidad. Hoy se puede admitir lo que ayer se rechazó. Ese tipo de encuestas por lo general revelan sensaciones y pareceres circunstanciales, excepto quienes ya tienen una opinión formada o padecen de algún prejuicio político, racial o religioso. Basta una huelga o una dádiva para hacer la diferencia.

Muy distinto es el comportamiento de la masa. Un conjunto de personas unidas en una dirección, tras una meta común, que se reúne con la esperanza de crecer indefinidamente, pues cuanto más densa es, más poderosa se siente. Los aglutina un sentimiento igualitario que, según Elías Canetti, es el mismo que transforma al grupo en masa. La masa no piensa, siente.

Cuando la gente se cansa de ser pobre en un país rico, o la privan de oportunidades en favor de sectores privilegiados, o vulneran sus derechos y libertades, o cuando para reducir el déficit fiscal se sacrifica a jubilados, campesinos, obreros, médicos y maestros, o cuando el país es sólo un lugar a cielo abierto para hacer negocios que ponen en riesgo el ecosistema, es cuando los pueblos cansados suelen hacer tronar el escarmiento.

Un escarmiento donde no pocas veces el más castigado termina siendo el pueblo mismo. Las revoluciones acarrean un peligro endémico, porque en su reclamo de justicia y libertad no se detienen en los 180°. Sobrepasados de giro retornan al principio del fin, donde comenzó todo.

Ella sabía que el hombre es lobo del hombre, durante la Revolución Francesa Madame Jullien pregunta: “Los lobos siempre se han comido a las ovejas, ¿ahora las ovejas se comerán a los lobos?”. Así ha sido y así es. En la naturaleza humana no hay ovejas, pero existen lobos con piel de oveja.