Cuaresma en 2013, renovación de la Iglesia
El Miércoles de Cenizas pasado, muy de mañana, grandes filas de devotos concurrían a que se les impusieran las cenizas, según milenaria costumbre de la Iglesia católica. Los que asistían inconfundiblemente fueron personas de ambos sexos que se mantuvieron lejos de la fanfarria y el improductivo ocio nacional y que dentro de sus mundos particulares renuevan la vocación de seriedad.
¿De qué le sirve al hombre o a la mujer ganar todo el mundo si es con detrimento de su existencia total? ¿Qué saldo en positivo queda de todo lo gastado, cansado y abusado?
Persistente en mi memoria en torno a los Carnavales quedará la figura de aquel joven casado por ciento, optimista, luchador, idealista, con un perenne sentido del humor y tenaz en la superación en su especialidad profesional, más aún sobrio y moderado en la época de Carnavales, pero que ese año cansado de actuar bien y de que le tuvieran en menos, exclamó: lo que soy yo, en estos Carnavales “echaré una cana al aire” y acto seguido se dejó llevar por todo lo que pedía el cuerpo; bebió de todo, bailó todos los ritmos, comió frío, caliente, volvió a comer y a beber, no durmió, culequeó, peleó, le pegaron, se revolcó, él pegó, noqueó, lo consiguieron, enamoró, sedujo, fornicó, y... finalmente lo encontraron muerto y mal acompañado el Miércoles de Cenizas siguiente hace unos 10 años, para consternación de todos los que le conocimos y compungidos oramos por él, mientras lo enterrábamos muy decepcionados y confundidos, con la famosa “cana al aire”. El comentario escueto fue que su organismo no aguantó semejante programa. Podría ir esta historia real, como otra más, para los archivos de los Carnavales, en donde me imagino habrá algunas totalmente opuestas. Estas realidades nos llevan a concentrarnos en la Cuaresma.
La Cuaresma renueva a toda la Iglesia, llamándola a una devoción más fervorosa, una resistencia santa contra el mal, un estilo de vita más sincero, un culto más puro, un sacrificio más global y una comunicación más profunda entre los miembros del cuerpo de Cristo.
Al comenzar la Cuaresma es bueno preguntarse ¿cuántos años más de vida me quedarán? Ciertamente menos. ¿Cuáles son mis objetivos y deseos en la vida? ¿qué recompensas espero? ¿De quién? ¿Por qué? El desprendimiento, la ascesis, la penitencia no tienen valor en sí mismos. Pero dan fruto. Tienen consecuencias y dejan huellas. Tienen valor tanto cuanto estén motivados en Cristo.
Las lecturas de los dos primeros domingos nos presentan a Jesús en el desierto, llevado allí por el poder del espíritu para ser tentado y puesto a prueba por Satanás.
Es un tiempo para que seamos vistos y conocidos por lo que somos y lo que pretendemos ser: hijos e hijas de Dios. Es una llamada pública a dar testimonio de nuestra fidelidad individualmente como comunidad de creyentes.
Señala la necesidad de la vigilancia, el culto verdadero y la confianza incondicional en Dios, que debe caracterizar las semanas de Cuaresma.
En este primer domingo de Cuaresma, las lecturas nos presentan a Jesús tentado por el Maligno y cómo él vence al Maligno que quiere confundirlo. Cuando hablamos de tentaciones en nuestro medio, en estos días en que se debate la corrupción, en que todos nos unimos a pedir que se esclarezcan culpabilidades y se sancionan las faltas, no solo se ha confirmado lo que ya se rumoraba y que casi irresponsablemente se comentaba, lo cual es dolorosamente frustrante al ver que sí es verdad que corre dinero detrás de nuestros estamentos oficiales. Y hemos quedado divididos entre los corruptos y los inmaculados. Lo cual es toda una falacia porque a la corta y a la larga, todos somos corruptos. Cómo combatir esa corrupción es como querer ensillar un gallote. No es asunto de que la Jerarquía se pronuncie que ya lo ha hecho repetidas veces en las cartas pastorales muy comentadas, criticadas ya desde los tiempos del recordado monseñor Marcos Gregorio McGrath.
La batalla contra la corrupción tiene sus raíces en la educación dentro del hogar por muchos años, y la consiguiente instrucción posterior en los colegios. Lamentablemente recordemos que en Panamá el que no es corrupto no está en nada, y hay que estar en algo porque si no te deja el tren o te llevan las hormigas.